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Noción de cantidad y sensibilización con las víctimas del conflicto

Estudiantes que reconocen en las historias de víctimas las razones que les hacen ser diferentes para lograr avanzar en la construcción de su propia identidad.

Junio 17, 2015

Carolina trabajaba como docente para uno de los programas de currículo flexible en el país en una institución educativa oficial del Distrito Capital. Este programa asume una de las enormes deudas que deja el sistema educativo convencional con miles de niños y niñas cada año pues acoge, dentro de la institucionalidad formal, a quienes se van quedando rezagados de sus cohortes, en una situación de extraedad; hay quienes tuvieron que dejar de estudiar para trabajar, o se desplazaron con sus familias bajo amenazas, y un buen número que año tras año no alcanzaba la promoción de grado.

En cualquiera de las situaciones que da lugar a la extraedad, además de la responsabilidad de las familias, la sociedad y el Estado, el sistema educativo les pone en condición de mayor vulnerabilidad por no haber podido responder a su realidad a tiempo. Las maestras capacitadas en el programa, se enfrentan  a diario con esta población, cargada de historias y de fuertes resentimientos hacia la institución que le había excluido.

Sin embargo, cuando llegó el tiempo de abordar el tema del conflicto armado en Colombia, precisamente unos pocos meses después de que se publicara el informe Basta Ya, la profesora se encontró con que sus estudiantes no comprendían lo que significaba hablar de víctimas en el país. El registro de la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas habla de 7,4 millones de víctimas registradas, y de 5,9 víctimas registradas sujeto de asistencia y reparación (fecha de corte 1° de junio de 2015). Fue entonces que, reconociendo el desafío que tenía por delante la profesora se preguntó, ¿cómo puedo lograr que mis estudiantes dimensionen el número de víctimas de que se habla en Colombia?

Pero además, una vez alcanzada la comprensión del número ¿cómo pasar a comprender que cada víctima es una historia junto con sus familias y personas cercanas? Historias que probablemente ellos y ellas comparten.

“Pero además, una vez alcanzada la comprensión del número ¿cómo pasar a comprender que cada víctima es una historia junto con sus familias y personas cercanas? Historias que probablemente ellos y ellas comparten”.

La comprensión de cantidad no es fácil, y no basta con sugerir comparaciones, hace falta alcanzar una experiencia más concreta de determinado número que, en este caso, no aparece de la nada sino que se va sumando uno a uno, porque cada víctima cuenta.

Ante este problema, la profe Caro empezó a urdir diversas posibilidades, pero no tuvo claro el proyecto desde el comienzo, pues como siempre ocurre con las clases, lo fue ajustando en la medida en que avanzaba y con cada problema que debía resolver. Era un proyecto ambicioso por ser de largo plazo y transversal. Largo plazo porque todos los días durante varias semanas, incluso meses, estuvieron recogiendo tapas y hablando de las víctimas. Transversal porque para explicar ciencias sociales acudió a las matemáticas y desde allí generó otras posibilidades para las demás áreas. Al fin y al cabo estos currículos flexibles sí comprenden que el conocimiento fragmentado es imposible, que siempre es inter y transdisciplinario.

Para que cada estudiante sintiera que podía aportar a la suma, les pidió que llevaran tapas de envases de gaseosa, y de paso contribuirían con la famosa campaña. ¿No más? ¡Está fácil, profe!

Primer problema, que en el colegio no vieran las tapas como basura sino como parte de un proyecto de aprendizaje. Segundo problema el almacenamiento y  luego lo sería el transporte.

“Una tapa una víctima, una víctima una vida”. Caro consiguió relatos, historias de vida, testimonios, fuentes primarias, que fue leyendo para que aquella tapa roja o la verde empezaran a simbolizar realmente una víctima. Así como se iban acumulando las tapas, los y las estudiantes empezaban a comprender lo que significa el número de víctimas, y fueron sumando a sus familias en el proceso. También conocieron canciones que desde diversos géneros expresan esa condición en el país y en Latinoamérica, analizaron películas, estudiaron otros conflictos, hablaron de discriminación e inclusión, y presentaron su proyecto en varios escenarios. Con el tiempo contagiaron con la iniciativa a otros colegios de la Localidad, y el proyecto cobró otra dimensión.

Ya las tapas no eran basura.  Y las víctimas no eran historias ajenas a los y las estudiantes. Estuvieron muy lejos de alcanzar siquiera la cifra de un millón, lo que significó una mayor comprensión de la dimensión de nuestro conflicto: un par de meses recogiendo tapas todos los días y cada día con mayor interés y compromiso no sólo del salón sino de todo el colegio y de varios colegios más… y tan sólo recogieron 15.000 tapas.

La entrega simbólica de estas tapas para la campaña de solidaridad permitió también  que los y las estudiantes exorcizaran el dolor que ya sentían, la empatía que reflejaron hacia “las víctimas” y más adelante también hacia ellos mismos y sus historias familiares.

Entonces se acabó el año escolar, los y las estudiantes de 8° y 9° habían reconocido en las historias de víctimas las razones que les hacen ser diferentes, y desde allí avanzaron en la construcción de su propia identidad y subjetividad.

*Esta experiencia es narrada por Freddy Ernesto Velandia director de Urdimbre Educa

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Irma María Arévalo González
Gran Maestro Premio Compartir 2002
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