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Soñar con lo imposible para volverlo realidad

Una labor silenciosa y anónima, esa es la labor del maestro,  Pocas veces recibe el reconocimiento debido. David Manzur, a lo largo de su formación, tuvo varios maestros de los que aprendió sus  primeras letras y lo más importante, a tener sensibilidad para el arte. 

Mayo 8, 2015

El verdadero sentido de la palabra maestro sólo cabe a los que educan, orientan y, con paciencia infinita, transmiten formas de conducta que regulan los avances del conocimiento para el progreso de las comunidades. Todos hemos tenido maestros pero, en especial, un maestro a quien debemos lo que somos porque nos abrió esa primera puerta del saber y quizás logró evitar que experimentáramos frustraciones que en algún momento ellos tuvieron. La labor del educador es casi siempre silenciosa y anónima. Pocas veces recibe el reconocimiento debido, pues lo común es el olvido. Yo tuve maestros: don Jorge Cabrera, la madre Jacobé, el padre Garvizu. Todos en España. ¿Dónde estarán? De ellos aprendí mis primeras letras, pero también mucho más: a tener sensibilidad para el arte. Cuántas veces nos leían vidas de santos, vidas de héroes, relatos fantásticos que nos hacían soñar con lo imposible para volverlo realidad. Motivaron situaciones e imágenes que, desdibujadas por el tiempo, van apareciendo en mis cuadros y me hablan de esos maestros, y ellos vuelven así a tener cara y nombre, y con su presencia virtual aún corrigen mis errores. No siempre el maestro está en la tarima jerárquica que le da autoridad. A veces sentimos que alguien nos guía, nos estimula o corrige, y ahí también hay un maestro. He conocido a grandes artistas, especialmente de las artes visuales. Haber hablado con ellos, escuchar sus consejos, sus experiencias con aciertos y fracasos, y sobre todo haber aprendido que el saber nunca termina, fue decisivo para entender que el educador tiene un papel relevante en ese camino largo que es la vida, que comenzó precisamente con el maestro.

David Manzur

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