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El futuro del aprendizaje

La tecnología está cambiando lo que sucede cuando un niño va al colegio. Pronto todos los estudiantes tendrán acceso a una educación personalizada.

Agosto 7, 2017

La idea de que la tecnología puede renovar la educación no es nueva. Aunque las tecnologías de la información han revolucionado otros sectores de la economía, han tenido un impacto modesto en el sector educativo. Por ahora.

La revista The Economist en una de sus ediciones más recientes analiza cómo el desarrollo de nuevas tecnologías puede cambiar el futuro del aprendizaje y de la enseñanza. A continuación, un resumen del especial El Futuro del Aprendizaje (The Future of learning).

En 1928, el psicólogo Sidney Pressey inventó la primera “máquina de la enseñanza” e imaginó que esta liberaría tanto a estudiantes como a maestros de las tareas más ingratas y monótonas del proceso educativo. Esa máquina utilizaba preguntas de respuesta múltiple y daba dulces a los estudiantes que escogieran la respuesta correcta.

Durante las últimas décadas, el acceso a dispositivos tecnológicos en las escuelas ha crecido exponencialmente a nivel mundial. Sin embargo, este big bang en el acceso a las TIC ha tenido un impacto “poco o nulo” en los resultados de pruebas estandarizadas de acuerdo a un análisis mundial de George Bulman y Robert Fairlie de la Universidad de California. En el 2015, un estudio de la OCDE no encontró ningún vínculo entre lo que los países invierten en TIC en los colegios y las habilidades desarrolladas por estudiantes de 15 años en matemáticas, ciencias naturales y lectura.

Los innovadores en educación llevan décadas anunciando el final del “modelo de fábrica” de enseñanza que se inventó en Prusia en el siglo XVIII. Este modelo es el que todos conocemos. Se dicta en aulas, en grupos de estudiantes divididos por edades, con currículos estandarizados y en horarios predefinidos. En este modelo se espera que los estudiantes aprendan al mismo ritmo, los mismos contenidos, enzeñadps por un solo maestro.

Ahora, sin embargo, parece que la tecnología sacará a la educación de dicha inmovilidad por dos razones. Primero, la educación que hace uso de las últimas tecnologías es cada vez más capaz de interactuar con el estudiante de formas más sofisticadas.  La tecnología permite al estudiante aprender a su propio ritmo y puede identificar sus fortalezas y debilidades para ajustarse a las necesidades del individuo. Y segundo, la tecnología puede aprovechar mejor el tiempo de los estudiantes y maestros haciendo a ambos más productivos.

Un ejemplo de este uso de la tecnología son los colegios Khan Lab Schools (KLS) de la empresa Khan Academy que ofrece clases gratuitas para estudiantes, profesores y padres de familia en áreas del conocimiento como matemáticas, ciencias naturales, economía y finanzas y computación.

En los colegios KLS, los estudiantes no llevan tareas a la casa, no reciben libretas de calificaciones y no pasan la mayoría del día dentro de un aula de clase. Tampoco se los divide por edad, ya que comparten un espacio común donde cada estudiante tiene metas y horarios individuales, haciendo uso de lecciones en video, tutoriales computarizados y diversos métodos de evaluación. Mitad de los maestros son tutores académicos. La otra mitad se dedica a desarrollar competencias como la curiosidad y el auto-conocimiento en los estudiantes.

El psicólogo norteamericano Benjamin Bloom insistió durante años que la forma más efectiva de dejar atrás el “modelo de fábrica” es hacer una transición hacia un modelo de tutorías individuales que sus investigaciones demostraban ser el método más efectivo de enseñanza. En ese entonces, la cantidad de recursos humanos que tomaría dicha estrategia la hacía imposible. Hoy en día la tecnología está haciendo este sistema de tutorías realidad. Los programas de “aprendizaje adaptivo” pueden reemplazar el rol del tutor al analizar cada respuesta que da el estudiante para calibrar la dificultad de las siguientes preguntas a sus necesidades, haciendo ajustes en la medida en que sea necesario.

En una investigación realizada por Phillip Oropoulos y Andre Nickow para el grupo J-PAL del Instituto Tecnológico de Massachusetts, el cual mide estrategias para reducir índices de pobreza, se demostró que, en los 41 grupos sujeto de la investigación, los estudiantes que utilizaron herramientas de “aprendizaje adaptivo” obtuvieron mejores resultados que sus pares que se prepararon en aulas tradicionales para la misma prueba.

Otros estudios no han develado resultados igual de contundentes y existen varios expertos que critican estos métodos de aprendizaje. Según Benjamin Riley de la organización Deans of Impact, la capacidad de pensar a profundidad no le nace naturalmente al ser humano y por lo tanto, si las escuelas no exigen este tipo de pensamiento de sus estudiantes, es posible que nunca lo desarrollen. Además, es necesario acumular conocimiento para desarrollar competencias como el pensamiento crítico y la creatividad. En un mundo donde Google pone cualquier dato a nuestra disposición en cuestión de segundos, habrán quienes se vean tentados a no hacer el esfuerzo.

La mayoría de expertos están de acuerdo que lo importante no es si se usa o no la tecnología en el aula, lo importante es como se utiliza esa tecnología. Para los expertos en educación, la preocupación en este momento debe ser que la tecnología no aumente las brechas que existen en la calidad de la educación y por lo tanto en el nivel de equidad de países en desarrollo.

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Escrito por
Abogado con experiencia en derecho internacional y derecho internacional de los derechos humanos. Becario de derechos humanos en el Centro Vance para la Justicia Internacional en el Colegio de Abogados de la Ciudad de Nueva York
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Gustavo González Palencia
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