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Mayo 10, 2016

Memento Mori

En medio de la sociedad hiper-competitiva e hiper-conectada, procuramos tanto mostrar nuestros éxitos que olvidamos lo que en verdad hizo que estos llegaran: nuestros fracasos.

Los antiguos emperadores romanos solían estar acompañados por un siervo encargado únicamente de repetirle una frase: “Memento mori” (Recuerda que puedes morir), con el fin de recordarle a este su condición humana. En medio de la sociedad hiper-competitiva e hiper-conectada, procuramos mostrar constantemente nuestros éxitos, pero que olvidamos lo que en verdad hizo que estos llegaran: nuestros fracasos.

Si hiciera una mirada crítica de todos los éxitos que he obtenido en estos más de 10 años de ejercicio profesional, me sería imposible dejar de lado la innumerable cantidad de veces que fracasé intentando optar a proyectos, publicar artículos, así como aplicar a premios y puestos de trabajos. Sencillamente, no podría desligar mis éxitos de mis fracasos. Ese ejercicio sería el peor de mis errores.

Hace un par de semanas comenzó a “rodar” a través de medios digitales y redes sociales el ejercicio que hizo el profesor Johannes Haushofer de la Universidad de Hardvard, el cual trató de hacer un CV (hoja de vida), donde recopilaba los diferentes fracasos que había tenido todos sus años de trabajo. Un ejercicio que me pareció muy sano y hasta necesario que todos hiciéramos alguna vez. Sobre todo al ver cuánto esfuerzo hemos necesitado para alcanzar las diferentes metas que hemos logrado.

Con casi 37 años de vida, pudiese considerarme medianamente exitoso. No es falta de modestia, sino un simple acto de reconocimiento de lo que me queda por recorrer como profesional y como persona. Si tuviese que hacer un recuento de los “noes” que he recibido en mi vida laboral y asignado un kilómetro por cada una de las veces que obtuve esta respuesta, quizás habría viajado por todo el mundo un par de veces. Cada una de las 100 páginas que pudiese tener mi CV académico/profesional debería multiplicarlo por cinco (5), si tuviese que tomar en consideración también la cantidad de intentos que he fallado hasta ahora.

La formación que recibimos propende en sus planes de estudio a formar profesionales exitosos, capaces de contribuir productivamente en beneficio de nuestras sociedades, pero no les preparan a tolerar y recibir con humildad los fracasos y en no doblegarse ante ellos.

Con todo lo expuesto, no busco complicidad con todo lo hecho hasta ahora, sino que es mi forma de exaltar los innumerables fracasos que he tenido, pero sobre todo el aprendizaje acumulado que ellos me han dado para conseguir lo que he ido sumando a mi CV (hoja de vida) “bonito”, donde solo exalto los logros obtenidos a la fecha.

A modo de ejemplo, ilustro alguno de mis fracasos­­: por cada artículo que he publicado, quizás he intentado unas cinco veces presentarlos a diferentes revistas académicas, hasta lograr mi objetivo; por cada proyecto ejecutado, quizás he presentado una media de diez (10) propuestas por cada uno de ellos; por cada alumno al que he dictado clases y al que he tratado de enseñarle algo, quizás un 10 % o 20 % de éstos habrán reconocido mi interés y mi empeño en ello y la valía de  lo aprendido; por cada reconocimiento que he obtenido, quizás haya aplicado a cinco parecidos; y por cada tesista que he intentado dirigir, muchos han desistido en avanzar en sus estudios de postgrado. 

Quizás los mayores aprendizajes que he obtenido de todos mis fracasos son: “nunca rendirme”; intentar no tenerle miedo a lo desconocido; reconocer mi necesidad permanente de formarme para intentar estar “al día” del nuevo conocimiento en mi área de trabajo; ser persistente y lo más constante posible en todo lo que hago; además de procurar levantarme lo más rápido posible ante los diferentes “noes” qué suelo recibir diariamente. Aspectos que la formación recibida, durante mi período de estudio universitario y doctoral, no ayudó a cultivar esto en mí.

La formación que recibimos, propende en sus planes de estudio a formar profesionales exitosos, capaces de contribuir productivamente al beneficio de nuestras sociedades, pero no nos prepara para tolerar y recibir con humildad los fracasos y sobre todo, a no doblegarse ante ellos.

Para que nuestros sistemas educativos contribuyan a una verdadera calidad educativa, los diferentes actores que hacen parte del proceso de formación de nuestros futuros ciudadanos y profesionales (directivos, docentes, investigadores, familia y sociedad en general), deberían centrar también sus esfuerzos, en ayudarles a asumir y no “dejarse vencer” ante los diferentes fracasos que vivirán para lograr los éxitos que tendrán en su vida personal y laboral.  Algo que no recuerdo haber recibido durante toda mi formación académica, sino que lo aprendí gracias a lo visto en mi casa y  aquellos profesores, amigos e investigadores que me han ayudado a reconocer lo aquí expuesto. A mi modo de ver, es quizás lo que en verdad distingue a una persona exitosa de la que no lo llega a ser, más allá de los reconocimientos y líneas que pueda llenar en su CV u hoja de vida, es lo aquí expuesto, la capacidad de levantarse y seguir intentándolo, no dejarse vencer por el fracaso, sino aprender de él y perseguir sus sueños.

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
Escrito por
Profesor titular de la Facultad de Educación de la UNIR (España).
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