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¡Que la escuela no le robe sus hijos!

José Alberto Silva reflexiona sobre la incidencia de las políticas públicas, las dinámicas de la escuela y las decisiones del Estado colombiano en el desarrollo de los niños, niñas y adolescentes.

Noviembre 12, 2019

Creíamos hasta hace poco que, solo en cierto lugares, había que estar atentos pues a nuestros hijos nos los robaban allí: en el mercado, en el centro comercial, en el parque, en la Iglesia y era una desaparición física con su dolor que no tiene nombre como dice Piedad Bonnet; pero luego vinieron otras estrategias roba-niños: el consumo y todas sus estrategias de propaganda, nos los robaban los medios de comunicación y especialmente la televisión. Recientemente constatamos que los perdemos entre los celulares y las redes sociales que los desaparecen, eventos que sumamos al legendario temor a perderlos por las compañías con aquellos pares poco recomendables del vecindario, pero ahora hay que agregar a esa lista un enemigo que no creemos que puede ser el raptor de nuestros hijos: la escuela pública.

¿La escuela? Me dirá usted y yo le dijo que sí. Allí un estado paidofóbico que al buen estilo de Cronos se traga a sus propios hijos pretendiendo mantenerse en un eterno presente para disfrutar la perennidad del poder.  Esa institución zalameramente le ofrece lo que aparentemente es la solución de sus problemas: la crianza y el cuidado de sus hijos. ¿Cómo? Sí, así como lo oye en la política pública para la escuela, y diseñada en la mente perversa de quienes controlan este mundo, esencialmente económico y capitalista, en organismos internacionales (O.C.D.E, B.I.D, F.M.I.) determinadores de los préstamos y ayudas económicas para supuestamente salir del sub- desarrollo. De ahí baja y penetra la mente de las corruptas, de elites políticas que dirigen los países, formadas en ciertas universidades, convertidas en leyes, decretos, acuerdos, planes y programas de gobierno, con pomposos nombres como ‘Atención integral a la primera infancia’, ‘Universalización del derecho a la educación’, y se abren campo y prioridad en los escritorios de concejales, de alcaldes, secretarios con fraudulentos nombres como ‘Educación inicial de calidad’, y terminan dotadas de dientes y espuelas en las mentes de rectores, coordinadores, algunos maestros y la generalidad de padres que las instituyen en colegios, en donde la mayoría está plácidamente arrastrada por la tradición de una escuela mansa y amedrentada que no se pellizca de la manipulación política de la que es objeto.

Contrario a lo que debía ocurrir, que la política en cuanto pública por naturaleza fuera la expresión del querer popular, lo cual invertiría el proceso: niños, alumnos conscientes de su condiciones de aprendices; padres empoderados de su papel de cuidadores y formadores; maestros respetuosos acompañantes de los proyectos personales y familiares de sus alumnos; gobernantes locales capaces de escuchar y administrar para el desarrollo y no para la avaricia, usura, la codicia que corroe; gobernantes nacionales que amando su patria y en su condición de líderes jalonan el desarrollo de ella hacia la armonía universal y no hacia el sometimiento colonialista de esas perversas mentes que no se satisfacen en su avaricia ni con siete planetas como el nuestro. Esa ajena política pública en la que no participamos ni los niños, ni los padres, ni los maestros es la que con endulzados planes como ‘Jornada única-extendida, “’Atención a primaria infancia’ ha penetrado la apacible escuela y la ha vuelto lugar de conflicto, de tedio y aburrimiento.

Claro: ¿A qué padre no le gustaría que su hijo no le fastidiara, no le exigiera para él poder dedicarse a “vivir” a sus anchas y cumplir los objetivos que el sistema le impone? Absolutamente ninguno, pero el costo de deshacerse de sus hijos lo pagarán sus nietos para quienes anhelan tener tiempo y corregir la mal crianza de su hijo. 

Nadie puede reemplazar a un padre. Madre solo hay una. No hay fuego que caliente tanto como el del hogar, pero el sistema nos ha convencido de que la escuela puede ser hogar, no segundo hogar; sino el propietario de sus hijos durante toda la jornada. Y aunque esto ya de por sí es perverso, lo peor de la perversidad es el engaño acerca de los propósitos de una educación- formación totalmente responsabilizada en manos de unos maestros que si bien intentan ser segundos padres, están preparados es para “enseñar”. En unos cubículos sin aire, en unas construcciones panópticas en la que no sobrevive una planta, en el que se carece de lo más elemental como es un sanitario limpio, en el que el esfuerzo de las maestras jardineras no alcanza para hacer control de hábitos básicos de la infancia: que se coma las verduras, que no coma golosinas, que se aprenda a anudar los zapatos, se limpie las narices,  pues no hay madre que aguante para 25 hijos. Esos adorables aprendizajes que hicimos otras generaciones al arrullo de canciones y estribillos de nuestras abuelas y nuestras madres desaparecen por la practicidad de una crianza en el lugar más inadecuado: la escuela. Casi que me atrevo a asustarlo diciendo que usted está dejando a su hijo en una cárcel, si no fuera porque de este escenario perverso, y en honor a la verdad debemos apartar unas cuantas instituciones que tienen claro, que es “criar” a los primeros infantes, pero son pocas y son terriblemente costosas y jamás serán imitables en lo público; pues, aunque nuestros niños lo merecen, los come-niños del estado los quieren matar con la mala calidad de la educación. Y se aseguran de que la plata que nos sacan en impuestos jamás de los jamases llegué al populacho.

Esperando haberlo alertado de la perversidad del modelo neoliberal, espero que se esté haciendo la siguiente pregunta: ¿Y por qué nos los quieren robar? Porque lo necesita a usted no como padre, sino como obrero, como trabajador, como pieza de la producción de bienes y capitales que no son nunca suficientes. Pues, entre más tiempo esté de narices en la producción, sin las angustias de la crianza de unos mocosos, más cerca está al modelo perfecto. El problema se llama esclavitud laboral, propósito claro determinado hace unos quince años y estratégicamente diseñado como el queso en la trampa del ratón. Mire las vallas publicitarias del gobierno de Uribe-Duque y contraste con las acciones políticas y entenderá que nos jodimos

Hace unos diez años un psiquiatra, Guillermo Carvajal, nos alertó con su libro ‘Prioridad pervertir a los niños’, y es verdad: hay un plan perverso hacia nuestra niñez y juventud. ¿Quiere más pruebas? Toda la propaganda a jóvenes y adolescentes para que reclamen sus derechos reproductivos en los consultorios de las empresas prestadoras de salud –diseñadas para degradar la vida y no para dignificarla–, las campañas de “educación sexual” con puerta abierta en las escuelas que no pasa de la instrucción de cómo usar métodos anticonceptivos le apuntan a lo que Lipotvesky llama la sociedad post-moralista: padres que vivan el placer de la sexualidad sin comprometerse a responder por sus críos. Ese modelo neoliberal esclavista necesita buenos profesionales que duerman en las oficinas, en los talleres, en las fábricas y se casen con la empresa así tenga que costearles el abogado de la separación, pues este es un sistema jurídico carente del concepto de familia que despacha divorcios a diestra y siniestra. Es un estado al que le resulta más barato echarse encima la carga jurídica de la drogadicción que asumir el derecho a una familia, el derecho a una educación y formación integral; más barato tropas de policías y soldados que atropellen en lugar de la tarea de generar empleo para los jóvenes. Más barato un sistema laboral longevo y enfermo que organizar la sociedad con unos viejos que puedan gozar de su pensión. Ese sistema se sostiene al corroborarle día y noche ese negro sentimiento, que usted no deja aflorar a sus labios porque brotaría en lágrimas de sus ojos, que su hijo es un estorbo, que criar es la peor condena. Pregúntese por qué los jóvenes de hoy no quieren hijos ni regalados y entenderá que detrás de todo hay un plan siniestro de un estado que pretende mantenerse en el poder a toda costa. O es que acaso ¿no ve el degradante espectáculo de unos políticos aferrados a los miserables treinta y dos millones que los colombianos les pagamos, junto con su pensión de expresidentes y toda su corte de guardaespaldas? ¿Cree que con toda su riqueza los necesitan? No, lo que buscan es el poder, y no el poder para el servicio, para el bien común, el poder para joder y saciar su enfermiza condición de adictos, enfermos de la ira, el resentimiento y la venganza.

Aceptar medidas leguleyas de esa perversa política pública para la educación como el acuerdo 1050, la jornada única sin condiciones mínimas de implementación es la soga con la que ahorcaremos esa posibilidad de disfrutar el derecho a criar a nuestros hijos. Sospeche antes de caer en trampa, que de eso tan bueno no dan tanto. Aceptarlo así, es permitirles que la educación se guarderice a un costo bien barato: comida de segunda, salud de segunda, maestros y auxiliares de aula pagados por minutos y facturas infladas por empresas inescrupulosas, por carteles, que hace tiempo tienen la intención de radicalizar la educación como un negocio.

Usted puede y tiene derecho a obtener más: usted tiene derecho a una educación integral pública de calidad y no las migajas con las que le están endulzando su paladar y que, al llegarle como gota de agua al sediento, le hacen pensar y sentir que ese estado es bondadoso, es democrático. No, ese estado lo quiere como un esclavo de la riqueza, de los que financiaron las campañas políticas; es decir, sus patronos, lo quiere sin el estorbo de sus hijos.

¿Es posible una solución distinta al problema? Claro que sí. Existen experiencias de las que le menciono: el sistema de cuidado de primera infancia en Cuba, donde las fotos de madres con niños de dos o tres años en los parques es lo más común y no madres con criaturas atiborrados de cobijas en coches ultra dinámicos y escualizables, que desde demasiado temprano se intentan abrir espacio en el transporte público. Hagamos cuentas y veremos que es posible que nos sostengamos como país si la jornada laboral para las mujeres baja en por los menos tres horas diarias que podrían dedicar al bienestar, salud y formación de sus hijos. Hagamos un sistema de salud con priorización de atención de altísima calidad para la primera infancia, con doctores que vayan a las casas, con planes de nutrición divulgados en los espacios comerciales de los programas de televisión en lugar de la asesina propaganda de comida chatarra, con escuelas de deportes en donde los niños talentos o no talentos aprenden a disfrutar su cuerpo. Hagamos un sistema jurídico que no despache divorcios y separaciones al primer desencuentro amoroso de jóvenes arrastrados por la ilusión de un placer sin límites; que el sistema prevea acciones y tiempos de reconciliación de derecho a la asesoría de crisis, de paso sacamos a mucho psicólogo de detrás de la cabrilla de un taxi. Hagámoslo y veremos que nos resulta más barato que tirar a nuestros hijos en las concentraciones escolares, los costos en salud de los adultos y viejos mal cuidados de niños y adolescentes, los costos de salud por drogadicción, por seguridad contra una delincuencia juvenil cada vez más frecuente.

Recuerden el alboroto que se armó cuando miles de madres comunitarias tomaron conciencia de su papel social, de la trascendencia de su tarea en las condiciones laborales que lo hacían y quisieron posicionarse en este desorden social. La reacción fue desconocerlas, y ahora mediocremente pretenden que los maestros y las escuelas les resolvamos el problema de unos padres fastidiosos que piden permisos para atender a sus hijos y no entregan toda su fuerza laboral al voraz sistema productivo. Sospechemos y de pronto acertamos de por qué a los políticos come-niños les interesa más crear un ministerio del deporte y no un ministerio de la familia y de la niñez.

Sospechemos y de pronto acertamos de este paquetazo de reforma laboral, pensional y de los impuestos, con determinación tan ilegales, ilegítimas e injustas como robarles el 25% del sueldo mínimo ya miserable de por sí a los jóvenes. Zarpazos de fieras hambrientas a las pensiones de los viejos, impuestos y retenciones para los obreros, robo al presupuesto de la educación, ahorcamiento financiero a las instituciones educativas no son más que las acciones de unos políticos paidofóbicos que pretenden que el poder les dará la eterna juventud. 

Para terminar, quisiera dejar bien claro en su mente de padre y de joven que como seres humanos tenemos derecho a disfrutar de la crianza de nuestros hijos, que la alegría de verlos crecer y de darles forma en su proyecto no es tan gozosa como cuando se hace con los nietos. Claro, eso le exige pararse en su sitio de padre, y como muy en el fondo usted no lo quería ser, piense en que a sus hijos les hace bien su presencia, su compañía, su formación, su consejo, más que los pocos cachivaches que puede comprarle cada navidad con su miserable sueldo. Usted puede cambiar esto, superar el temor al despido laboral, exigir y si no me cree mire el pueblo ecuatoriano con su dignidad.

Usted tiene derecho a ser padre con todas las condiciones y, por tanto, recuerde que los derechos no se mendigan, se exigen. No permita que la escuela le robe a sus hijos, se los críen los maestros y se los amen los abuelos.

Escrito por
Profesor de ética y religión colegio Divino Maestro, Distrito de Bogotá. Catedrático de humanidades de la Universidad de la Salle. Nominado y finalista del Premio Compartir en 2004 y 2013.
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Martial Heriberto Rosado Acosta
Gran Maestro Premio Compartir 2004
Sembré una semilla en la tierra de cada estudiante para que florecieran los frutos del trabajo campesino en el campo que los vio nacer