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La infantilización de la educación superior

¿Qué tanto evaluar? ¿Qué tantas tareas poner? El debate en cuanto a la responsabilidad asignada a los estudiantes universitarios sigue abierto.

Marzo 10, 2016

Las diferencias en los sistemas educativos alrededor del mundo son notorias. No solo por los grados concedidos, sino también por los títulos que existen y, sobre todo, por las formas de evaluación. Esta manera de “medir” y “cuantificar” qué tanto se sabe o no de un tema para poder tener cierto estatus, fue uno de los grandes impactos que tuve cuando empecé mi maestría en Francia, en septiembre del año pasado.

Cuando realicé mis estudios universitarios en Colombia, más específicamente en la Universidad del Norte en Barranquilla, recuerdo el gran número de asignaciones que tenía durante un semestre. La nota final estaba dividida en cuatro grandes porciones y se presentaban distintos tipos de entregables para poder tener una calificación final. Ensayos, presentaciones, proyectos, textos y videos en algunos casos, formaban parte del amplio abanico de posibilidades de dichas asignaciones. Asimismo, también estaban los parciales y ‘quices’ o exámenes cortos, que servían para añadir más variables a este porcentaje ultra dividido de notas. Por lo general, durante el último segmento del semestre, muchos ya sabían gracias a la matemática qué tanta ‘nota’ necesitaban para poder pasar la materia. Si el resultado era imposible de obtener, lo mejor era intentar buscar más trabajos extra u otras alternativas para obtener la compasión del profesor.

En Francia, en cambio, las notas funcionan de una manera muy distinta y por lo menos a nivel de maestría, se realiza un solo examen y un proyecto final. El examen, tiene una incidencia en la nota final de hasta un 90% (70% en la mayoría de mis materias) y el proyecto puede tener hasta un máximo de un 30%. De cualquier manera, es difícil saber si con un 30% se pasó o no exitosamente una materia, por lo que incluso al final vale la pena seguir estudiando. Me asombró muchísimo que existieran pocas ‘tareas’ o ‘quices’ que influyeran en la nota final y aunque, se realizan diversas actividades durante todo el semestre, para muchos docentes estas son más bien opcionales y es el pupilo quien decide si las hace y qué tanto quiere aprender.

Asimismo, no está de más anotar que por lo general no se toma asistencia a las clases y que es deber de cada quien asistir a las clases según su conciencia. En mi alma máter colombiana por lo menos, la asistencia era tomada cuidadosamente antes (y en algunos casos después) de cada lección.

No sé si en Colombia aún estemos listos para tal grado de libertad y falta de supervisión, pero ciertamente, la desfragmentación ‘infinitisemal’ de las notas en Colombia supondría menos carga laboral para los docentes, quienes dejarían de desgastarse en porcentajes y fórmulas para obtener la anhelada nota final de sus estudiantes. Quizás este tiempo, podría dedicarse a otras actividades, más enfocadas en la construcción y preparación del curso.

Hace algún tiempo atrás, le explicaba a una compañera alemana cómo funcionaba el sistema universitario en Colombia. A ella, en su más sincera opinión, le dio la impresión que nos trataban “como bebés” y que era un sistema que poco propiciaba la independencia de sus estudiantes. Aunque entendí un poco su punto, no estoy segura de qué tan de acuerdo estoy con su opinión.

Recientemente, un artículo de opinión publicado en el diario español El Mundo afirma lo siguiente: “El actual plan de estudios ha supuesto la infantilización de la enseñanza universitaria. La evaluación continua de las destrezas, conocimientos y competencias, y el consiguiente auge de exposiciones, ejercicios y trabajos en grupo, que suponen un porcentaje nada despreciable de la calificación final, ha provocado un fructífero mercado de segunda mano, de ejercicios y trabajos de cursos anteriores, al que los estudiantes acuden con asiduidad. Pero los resultados en las pruebas más objetivables del conocimiento, es decir, los exámenes, presentan una alarmante tendencia decreciente. Sorprendentemente, este hecho se suele ocultar detrás de la calificación agregada, sin que parezca preocupar demasiado”[1]. En esta columna, sus dos autores hacen referencia al caso específico de España y a cómo la continua evaluación ha supuesto una degradación del nivel educativo del país, que actualmente atraviesa una reforma educativa en sus universidades debido a una caída en su nivel con respecto a otras naciones de la Unión Europea.

No sé si en Colombia aún estemos listos para tal grado de libertad y falta de supervisión, pero ciertamente, la desfragmentación ‘infinitisemal’ de las notas en Colombia supondría menos carga laboral para los docentes, quienes dejarían de desgastarse en porcentajes y fórmulas para obtener la anhelada nota final de sus estudiantes. Quizás este tiempo, podría dedicarse a otras actividades, más enfocadas en la construcción y preparación del curso.

Por otro lado, la falta de actividades durante el curso crea en ocasiones una atmósfera de confusión para el estudiante, quien puede no saber a ciencia cierta qué tan bien está entendiendo lo que el docente le está explicando. Aunque tener una supervisión constante, calificaciones diarias y actividades de diversa índole con una frecuencia diaria es excesivo, al menos le permite conocer y evaluar al estudiante y docente cómo va su proceso de aprendizaje. Sin embargo, tal desgaste quizás no sea necesario en una universidad.

La discusión sigue abierta y mientras tanto, la fórmula exacta de la forma perfecta de evaluar y poner tareas es un misterio. Sin embargo, en la educación superior se debe tener en cuenta que se educa a adultos responsables, que han decidido aprender por voluntad propia para aspirar a un futuro mejor. Por lo tanto, una supervisión minuciosa va en contra de este principio de formar adultos responsables. Porque, si se trata a un joven como un niño, sin confianza ni responsabilidades, es factible que al salid al mundo real enfrente a sus pares como si aún estuviera en la escuela.

[1] www.elmundo.es/sociedad/2016/03/08/56dc7b00268e3efd3c8b45d7.html

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Escrito por
Comunicadora social y periodista
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Melva Inés Aristizabal Botero
Gran Maestra Premio Compartir 2003
Abro una ventana a los niños con discapacidad para que puedan iluminar su curiosidad y ver con sus propios ojos la luz de la educación que hasta ahora solo veían por reflejos.