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Una maestra le apuesta al rescate de la producción oral y la memoria del país

La mayoría de los estudiantes del centro del país desconocen la producción oral de los pueblos indígenas, por lo cual se dio a la tarea de darla a conocer y de hacer procesos de sensibilización.

Mayo 10, 2019

“Mi aporte a la educación es mi trabajo, ser un puente para que los estudiantes se enamoren de la literatura porque permite aproximarse a otros mundos, hacer catarsis, lo que ocurre cuando el libro pasa por nuestras manos y descubrimos que ya somos otros”.

Habla la voz de la experiencia de la docente Beatriz Triana o Betty —como le dicen sus compañeros del colegio Toberín, en Usaquén—, porque su formación es precisamente en el área de Humanidades, Español y Literatura y tuvo la fortuna de compartir con comunidades indígenas, en especial, las del Guainía (piapoco sikuani), donde llegó porque se sentía cansada del estrés de la gran ciudad y quería explorar el interior de la selva, motivada por las leyendas que le narraba su padre sobre pueblos indígenas.

“Pude cumplir ese sueño y fue una experiencia muy grata. Yo pienso que, en mi formación, les debo demasiado a esas comunidades, ya que me permitieron valorar, reconocer las cosas que en apariencia son sencillas, pero que dejan mucha sabiduría: la naturaleza, la armonía y las formas como ellos coexisten. Además, hay algo supremamente valioso que es la palabra y cómo esta se desenvuelve en los ambientes naturales y el mito que vive a diario ahí”, afirma.

De acuerdo con su experiencia, la mayoría de los estudiantes del centro del país desconocen la producción oral de nuestros pueblos indígenas, por lo cual, se dio a la tarea de darla a conocer y de hacer procesos de sensibilización. “Tenemos mucho que aprender de esas comunidades; quizás, si aplicáramos algo de ese conocimiento, la vida sería diferente, estaríamos en mayor armonía, habría menos agresiones y más tranquilidad espiritual. Eso se lo debo a las comunidades indígenas”, asegura.

Betty trabajó como profesora de Español en comunidades que hablan las lenguas piapoco, sikuani y el arawaco, entre otras, lo que resultó gratificante para ella, principalmente por la diferencia en la infraestructura de las escuelas, que funcionaban en malokas o kioscos grandes, ubicados ante la presencia del majestuoso río Guaviare. “Allí la comunidad es muy abierta y se vincula al aprendizaje, se preparan obras de teatro, porque ellos también tienen que enseñarnos a nosotros sus maneras y sus costumbres para que no haya ese resquebrajamiento de la interacción, que es lo que hace valioso trabajar con esas comunidades”, explica.

A esta docente, la vida le dio la oportunidad de compartir todo ese saber en el colegio Toberín, de Usaquén, de manera particular, en las celebraciones institucionales como el Día del Idioma, en las que organizan la socialización de la oralidad y la literatura de mitos y leyendas de estos pueblos para poder entender su cosmovisión y así permitir a los estudiantes proponer, cuestionar e interesarse en diferentes problemáticas.

De esta manera, surge la propuesta de desarrollar un eje transversal alrededor de las memorias. “Hacemos un trabajo de indagación testimonial de comunidades que han sufrido violencias, como la de Bojayá y El Salado y, a partir de esas narraciones, un grupo de estudiantes propone hacer monólogos para tratar de apropiarnos de ese dolor que también es nuestro por ser colombianos. Surge entonces una puesta en escena que se llama Por los caminos de la memoria y en contra del olvido, que está acompañada también de la orquesta filarmónica de la institución, la cual se ha presentado en varios espacios. El mejor reconocimiento que hemos tenido es que hay otras personas que quieren conocer y ver la obra en sus instituciones o en otros espacios”, resalta Betty.

Desde la óptica de esta maestra distrital, para mejorar la calidad de la educación del país debería propiciarse un debate de académicos y pedagogos que se den a la tarea de indagar sobre qué es lo que necesitan nuestros niños para que los procesos de enseñanza y aprendizaje sean significativos, trasciendan y se constituyan en herramientas para la vida, y donde el rol del docente sea el de acompañante y mediador de un estado a otro.

Precisamente, Betty Triana es uno de esos seres humanos dedicados, cuyo trabajo ha marcado positivamente varias generaciones de estudiantes del colegio distrital Toberín, ubicado al norte de Bogotá. Y por esa razón, aprovechamos el Mes del Maestro para resaltar sus valiosos aportes a la educación pública de la ciudad y decirle con el corazón.

 

Imagen educacionbogota.edu.co

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