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Hackeando a Dios

¿Qué fue primero: el huevo o la gallina? 

Noviembre 23, 2017

En la década de los 50s., dos científicos, uno inglés – Francis Crick - y otro norteamericano – James Watson - publicaron un artículo en el cual daban cuenta de cómo era la estructura del ADN e inferían cómo era el código genético, esto es, cómo era el mecanismo a través del cual se transmiten los caracteres genéticos de padres a hijos por cientos de generaciones.

Así cumplían el sueño de Mendel, de desentrañar esos elementos invisibles transmisores de la herencia y que este había inferido y bautizado como genes.

Vino entonces, la descripción de esta molécula como la de una escalera de albañil entorchada y cuyos largueros estarían formados por un tipo de azúcar llamada ribosa con unos travesaños o escalones formados por un tipo de proteínas y en cada uno de sus extremos atados a los largueros por cuatro átomos de fósforo a manera de clavos.

La mitad de cada uno de esos escalones, está conformado por unas proteínas que se van apareando y combinando de tal suerte que según la combinación de las mismas, guardan una información bioquímica de cada uno de los caracteres genéticos a nivel de todos los seres vivos.

Esa escalera entorchada pudiera medir muchos metros pero está muy enrollada envolviendo y formando unos cuerpecitos diminutos también que se encuentran en el interior del núcleo celular. Cuando los científicos quisieron observarlos al microscopio, estos amablemente se dejaban teñir con muchos colorantes, lo que no pasa con otros organelos, por eso los denominaros como: cromosomas (del griego: cromos, color y soma, cuerpo) Esto del ADN, constituyó para los biólogos y en general para la comunidad científica algo así como el paso de Neil Armstrong en la luna.

Cada especie, desde la más simple bacteria hasta los animales y plantas más evolucionados poseen en el interior de sus células estos cuerpecitos hechos de ADN, pero su número de cromosomas varía según la especie misma. El Homo Sapiens, posee 46 cromosomas en el núcleo de todas sus células, salvo en sus gametos o células sexuales en los cuales viajan sólo la mitad, que al fusionarse en el momento de la concepción o fertilización completan la carga total y generan un nuevo ser con los 46.

Ahora, el siguiente paso consistía en saber en qué punto de qué cromosoma estaba la información de cada uno de los caracteres tanto de forma, de función como de patología. Para esta tarea fueron llamados connotados científicos de la genética y de la biología y puestos al mando de James Watson, uno de los pioneros del ADN quien luego de discrepar con su equipo de investigación se retiró a trabajar para laboratorios privados y realizar una investigación paralela; así que fue denominado como líder de esta investigación el doctor Francis Collins.

Durante muchos años, nuestros docentes especialmente en la secundaria nos sorprendieron con la famosa pregunta de: “¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?”. Esta capciosa pregunta encerraba el veneno del centenario enfrentamiento entre la comunidad científica materialista y las Iglesias católicas y protestantes, que por siglos se lanzaron guijarros desde sus orillas opuestas.

La respuesta es bien sencilla: si acudimos a la teoría creacionista que nos informa cómo un Dios-mago durante seis días se dedicó a, de la nada crear el universo y poner allí un planeta con paraíso, plantas y diversos animales entre ellos  humanos y gallinas, y que lógicamente estas luego de ser creadas pusieron sus huevos, dándonos la conclusión de que ellas antecedieron al huevo.

Diametralmente opuesto a esto se encuentran los filósofos y científicos materialista para quienes el universo se originó en una gran explosión de una súper-estrella que contenía toda la materia universal, lanzando su contenido a diestra y siniestra y de paso fusionando núcleos atómicos que dieron origen a nuevos elementos químicos que magistralmente nos han descrito Mendeleyev y sus discípulos.

Luego esas masas se enfriaron unas y formaron planetas,  como la tierra, y otras permanecieron incandescentes gracias a su propia gravedad y tamaño llamándose estrellas, como es nuestro sol. Aquí en la tierra y durante muchos millones años, se formaron caldos de cultivo apropiados para que en el mar de entonces aparecieran proteínas y originaran la pre-vida que A. Oparín denomina como lo coacervados.

Luego vinieron las primitivas células que desencadenaron una acción imparable llamada: evolución. Allí tuvieron que darse muchas formas y modelos de asociación de estos seres vivos con el fin de sobrevivir a un hostil medio ambiente; fue entonces cuando varias bacterias “negocian” entre ellas mismas su propia subsistencia llegando a depender unas de otras en un modelo parecido al parasitismo hasta al punto que unas de ellas, expertas ya en generar energía, se mudan a vivir dentro de otras que si bien no producen esa energía si pueden sobrevivir, tomar nutrientes y defenderse de sus vecinos en la cotidiana lucha por la supervivencia en un modelo de selva microscópica, pero dependiendo de sus internas subsidiarias.

Con seguridad así sucedieron los hechos, hasta el punto de que al evolucionar todas las especies, aún conservamos en nuestros billones de células esos cuerpecitos que nos dan energía a diario y que reciben el nombre de mitocondrias y que aún conservan su propio ADN totalmente distinto al ADN nuclear.

La vida se abrió paso en el mar y las algas terminaron conquistando los continentes secos y desiertos, transformándose en helechos, luego en gimnospermas y después en las angiospermas o plantas más evolucionadas con lindas flores y deliciosos frutos y cubriendo de verde el planeta. A ellas las siguieron los peces que ahora transformados en anfibios y luego en reptiles dominaron la era terciaria pero desaparecieron por múltiples motivos.

Aparecen ahora los herederos de esos saurios terribles: unos emplumados y otros peludos que poco a poco y tras ir cambiando a través de los siglos, fueron tomando las formas actuales. Así que en algún momento, un saurio emplumado dejó de ser lagarto y de sus huevos aparecieron seres más parecidos a una gallina que a sus ancestros reptiles. Si. Ahora era una gallina procedente de un huevo de reptil. Aquí la respuesta de la comunidad del materialismo científico: Fue primero el huevo.

Volvamos ahora al momento de la concepción, en el cual un espermatozoide accede al óvulo o huevo femenino, en donde esa microscópica célula flagelada y natátil aporta su carga genética de 23 cromosomas, es prácticamente lo único que el óvulo permite ingresar, en cambio en el óvulo sí hay gran cantidad de citoplasma que incluye mitocondrias, las cuales como podemos recordar proceden evolutivamente de otro ser vivo y por lo tanto con otra carga de ADN totalmente diferente al del núcleo.

Es así como el ADN mitocondrial se transmite sólo de madres a hijas y es así como este elemento adicional ha permitido recorrer el camino de cientos de generaciones de mujeres madres, hijas y abuelas a través de la historia de la humanidad hasta llegar a la Eva antropológica hallada en el centro de África y que vivió muchísimos miles de años atrás. Lógicamente que esta Eva no tiene mucho que ver con la Eva bíblica. Simplemente ha sido así llamada, paradójicamente, en alegoría a la primera mujer descrita en la narración del génesis.

Toda esta sorprendente información ha revolcado hasta los cimientos de ambas corrientes, religiosa y materialista hasta el punto que el mismo Francis Collins parece convertir en realidad las explicaciones científicas – teológicas del mismísimo jesuita Pierre Teilhard de Chardin quien siempre quiso conciliar las dos corrientes.

Según Collins, quien el año 2000, frente al Bill Clinton, presidente de los Estados Unidos y ante la comunidad científica internacional, presentó los primeros resultados de su investigación sobre el Genoma Humano, ahora, escribe cómo, para él, el Genoma Humano no es más que la muestra de la existencia de un ser superior que siglo tras siglo, desde el Big Bang, hasta nuestros días ha venido pacientemente tejiendo su obra creacionista a través de los modelos que sólo hoy en día estamos desenmarañando mediante investigaciones científicas modernas.

Collins acude a la diaria celebración eucarística para dar gracias al creador y dar  testimonio de su obra. Queda así cumplido el sueño de Teilhard de Chardin, pues ya no hay motivo para que la iglesia y la comunidad científica materialista se sigan tirando guijarros. Desaparecieron las orillas.

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Laura María Pineda
Gran Maestra Premio Compartir 1999
Dar alas a las palabras para que se desplieguen por la oración y vuelen a través de los textos para que los estudiantes comprendan la libertad del lenguaje.