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Los niños de la guerra y su reintegración a la sociedad civil: subjetividades en juego

Hablar de subjetividad implica la necesidad de un saber sobre sí mismo y de un sentir sobre sí mismo; incluye el conjunto de valores, creencias, intereses, normas, pasiones y expectativas de un sujeto que está en devenir permanente y que le permiten interpretar la realidad y resignificarla.

Octubre 21, 2015

La participación de los niños colombianos en el conflicto armado es un fenómeno que se remonta en la historia de nuestro país, desde las guerras civiles de finales del siglo XIX hasta nuestros días. Parafraseando a Carlos Jaramillo, la guerra es una de las actividades más antiguas del hombre y la participación de la infancia en ella es tan vieja como la guerra misma. En este artículo se bordeará la reintegración de los niños desvinculados a la sociedad civil en clave de subjetividad.

La historia de los niños que han hecho parte de los grupos armados tiene como telón de fondo las condiciones socio-económicas adversas, la violencia intrafamiliar, el maltrato, el abuso y la falta de oportunidades, entre otras.

Por lo tanto, la problemática que enfrentan no comienza con su vinculación a los grupos armados, sino que tiene unos orígenes previos que se refieren a su situación antes de la vinculación, seguido de las experiencias vividas durante su permanencia en los grupos y, posteriormente, en el después, con el proceso de quiebres y rupturas surgidos con la desvinculación.

La participación de los niños colombianos en el conflicto armado es un fenómeno que se remonta en la historia de nuestro país, desde las guerras civiles de finales del siglo XIX hasta nuestros días.

Al ingresar al grupo armado, los niños se distancian de sus ámbitos habituales de socialización -contexto familiar y social – y se insertan en otras lógicas de interacción, en las cuales deben someterse a nuevas jerarquías y formas de ordenamiento sustentadas en el autoritarismo y el poder, por un lado, y la sumisión y la lealtad, por el otro. 

Podríamos decir que la participación en estos grupos asume las características de una experiencia por cuanto impacta la totalidad de su historia de vida, la transforma, deja huellas e influye en la subjetividad al estar desvinculado: en el presente, como reconstrucción de un pasado y, también, como apropiación del futuro. Vemos así la articulación de los diferentes planos que configuran el presente social, el cual incluye un pasado y un futuro inmediato.

¿Pero a qué aludimos cuando hablamos de subjetividad? La subjetividad es una categoría emergente en las Ciencias Sociales que surge frente al agotamiento de teorías, métodos y procedimientos investigativos que se quedaron cortos para dar cuenta de las dimensiones subjetivas de la vida social e individual. Hace alusión a un proceso de construcción que implica pensarla en términos de su dinamismo, de su carácter inconcluso y, por tanto, susceptible de ser transformada por los actores que le dan vida. 

Las subjetividades son configuradas en el marco de las relaciones sociales con el otro, un otro con quien se construye la vida social en medio de las fisuras, de los dolores y de las posibilidades que abre el conflicto entre seres humanos, es decir, la subjetividad se encuentra atravesada por la significación personal y colectiva de las experiencias, así como por la configuración de sentidos que orientan nuestras acciones.

Ahora bien, se hace necesario reconocer esas subjetividades de los niños desvinculados y los movimientos que se han suscitado con el ingreso y la salida del grupo armado, y los que se dan más adelante al abandonar los contextos institucionales de la ruta del “sistema de protección”. Se trata de un proceso permanente de construir pero, a la vez, de fragmentar vínculos.

Visto así, el tránsito a la vida civil aparece como un ciclo repetitivo de vinculación – permanencia – desvinculación. Es un tiempo de coyuntura donde son importantes las propuestas que favorezcan el trasegar a esa nueva vida, con oportunidades para cada uno de elaborar los duelos que conllevan las pérdidas vividas y de hallar otras posibilidades como la educación y la recuperación de su vida familiar, por cuanto posibilitan la construcción de nuevos vínculos.

Es necesario, además, que cada uno cuente con un tiempo personal para reencontrarse con su pasado y con su existencia, en un tiempo subjetivo donde ya no se es, ni se continúa siendo. Es como quedar en la desnudez y saltar al vacío en medio de la incertidumbre.

Desde esta lente, los tiempos subjetivos no deben ser regulados por los programas psicosociales ni educativos, sino que deben ser reconocidos por ellos, propiciando la configuración de las subjetividades de muchos menores de edad, quienes encuentran con dificultad que son considerados como “niños” y que los programas ofertados para ellos resultan inadecuados, pues olvidan que ya han vivido una experiencia de vida en la guerra, que antes de su ingreso ya debían trabajar, muchos fuman y beben, y otros ya son padres de familia.

Por tanto, es necesario escuchar su voz en el diseño de programas que realmente respondan a sus necesidades e intereses, ellos no deben ser considerados como unos destinatarios pasivos, sino como sujetos actores que emergen en la reconfiguración de sus proyectos de vida al retornar a la sociedad.

Bajo este panorama surge la pregunta: ¿cómo puede la escuela acoger a los niños desvinculados?

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Rubén Darío Cárdenas
Gran Rector Premio Compartir 2016
Concibo al maestro como la encarnación del modelo de ser humano de una sociedad mejor. Él encarna todos los valores que quisiera ver reflejados en una mejor sociedad.