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Todos podemos diseñar

Actualmente, el diseño ha empezado a ocupar un espacio más relevante en discusiones académicas y en la práctica de diferentes profesiones. Pero: ¿todos podemos y sabemos diseñar?

Mayo 28, 2021

“Todo lo que hacemos, casi todo el tiempo, es diseño, ya que el diseño es básico para toda la actividad humana” declaró el teórico del diseño Victor Papanek en 1971. Décadas después, en los 2000 estalló un boom internacional sobre el design thinking o pensamiento en diseño, y uno de los máximos representantes del movimiento, Tim Brown, afirmó que “el diseño es ahora muy importante para dejárselo a los diseñadores” y que “el design thinking puede ser practicado por todos”. 

Actualmente, el diseño ha empezado a ocupar un espacio más relevante en discusiones académicas, en la práctica de diferentes profesiones y dentro de las organizaciones que apuestan por la innovación y la competitividad; no obstante, resulta importante preguntarse: ¿realmente todo lo que hacemos es diseño?, ¿cualquiera puede ser un diseñador? Y, más importante, ¿qué es diseño?

La búsqueda de una conceptualización del diseño no es ni mucho menos un asunto trivial: por décadas hemos carecido de un consenso sobre su significado, y mientras que algunos celebran esta indeterminación, por considerar que el concepto evoluciona en el tiempo, otros observan con preocupación cómo hablar de diseño solo genera mayor confusión en el público general.

Por su carácter polisémico, la palabra diseño ha sido usada (y abusada) en múltiples contextos: puede significar en sí misma una disciplina, una actividad, una propuesta y un resultado. Desde la etimología podemos dilucidar con mayor precisión su naturaleza. Proveniente del latín designare o del italiano disegnare, diseño encarna en sí misma la representación de algo en trazos (dibujar) y el destinar algo hacia un propósito o finalidad (designio).

Esa dualidad etimológica se ha profundizado en los trabajos de los filósofos Greg Bamford y Glenn Parsons, quienes señalan la diferencia entre el diseño como una actividad cognitiva y el diseño como una profesión ya sea como práctica social o ya sea como disciplina institucionalizada a través del sistema educativo—.

Esta noción se encuentra también en los aportes de Ric Grefé y Elizabeth Tunstall, quienes plantean el Diseño —con D mayúscula— como una actividad abstracta y estratégica y el diseño —con d minúscula— como la práctica profesional y tangible. Esta distinción entre el Big-D y el small-d ya nos aterriza más a una posible definición del diseño: el Diseño es accesible a todas las personas, es una actividad intelectual propia de nuestra especie, el reino de la creatividad donde se generan las ideas y los planes (el designio); mientras que el diseño es la actividad profesional, el reino de la experticia donde se ejecutan los planes (la representación). En el camino de nuestra evolución como especie y el desarrollo histórico hasta hoy, no hubiera sido posible transformar nuestra realidad material, nuestro entorno, sin la integración de ambas: lo estratégico (Big-D) + lo operativo (small-d).

Llama la atención que son los filósofos quienes más se han preocupado por conceptualizar el diseño. Glenn Parsons define la actividad de diseño, apoyándose en el trabajo de Bamford, como la solución intencional de un problema mediante la creación de planes realizables para un nuevo tipo de cosas. Aquí ya podemos apuntar a la esencia del concepto: primero, el diseño es intencional, define un propósito y unas características para cumplir con ello; segundo, la solución es resultado de una planeación preliminar, así que diseño es principalmente la concepción del plan, aunque puede incluir la realización del mismo; por último, el resultado debe ser algo que antes no existía: “un nuevo tipo de cosas”.

Hablar de diseño también es hablar de los tipos de cosas que surgen como resultado de dicha actividad. El ganador del Premio Nobel de Economía de 1978, Simon Herbert, afirma en su libro The Science of Artificial (1969), que la finalidad del diseño es la concepción de objetos artificiales. De modo que el diseño es el reino de la artificialidad, de los artefactos, en oposición a lo natural y la naturalidad. Si bien asociamos los artefactos como entidades materiales (productos tangibles), estos también pueden ser entidades no-materiales (como el software, los procesos, las organizaciones). Pensemos, por ejemplo, en el caso de nosotros, los educadores: el diseño curricular no es más que la planeación del currículo (Big-D) el cual es un artefacto no-material; o en el diseño instruccional, donde encontramos tanto la planeación del aprendizaje (Big-D) como la producción del material (small-d).

Con todo lo anterior, es posible concluir que todos podemos hacer Diseño, que tal vez sí, muchas de las actividades humanas son Diseño (si bien quedaría por discutir la diferencia que existe con el arte, la ingeniería y la ciencia); y que tal vez sí, el Diseño es tan importante como para dejárselo exclusivamente a los diseñadores. Todas las anteriores con D mayúscula. ¿Y el diseño con d minúscula? Definitivamente, sin diseñadores con experticia específica (gráfica, digital, multimedia, de productos, de espacios) no podremos materializar artefactos deseables y funcionales.

 

Imagen freepik.es

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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