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Gracias Maestro Botero

Marzo 2, 2009
Bogotá D. C.; noviembre 5 de 2008
Apreciado maestro:
Fernando Botero

Reciba ante todo un cordial saludo de paz y bien en nombre de mis padres, María de los Ángeles Zapata Rúa y Saúl de Jesús Berrío Vergara, y del mío propio. Le deseo de todo corazón que sus actividades cotidianas desde las que tanto le aporta a la cultura con sus maravillosas obras de arte, sean bendecidas cada vez más por Dios, que es el dador de todo bien y artista supremo.

Dentro de los premios que recibí gracias al galardón que obtuve el 6 de noviembre del año 2007 como Gran Maestro por el Premio Compartir, estaba el que usted me concedió: la realización de uno de mis más soñados anhelos, conocer Europa en compañía de mis padres. Y antes de agradecerle por tan maravilloso, generoso y, sobre todo, filantrópico regalo, quiero compartirle algo de lo que fue para nosotros este tour por el viejo continente, para que usted mismo se dé cuenta de la felicidad que nos brindó.

Cuando mis padres, personas de origen campesino y muy humilde, se enteraron de que íbamos a conocer otro continente, se llenaron de mucha ansiedad y alegría, pero también de nerviosismo, sobre todo teniendo en cuenta que ellos jamás habían tenido la oportunidad ni siquiera de observar un avión de cerca y, mucho menos, de viajar en uno de ellos, aunque siempre habían deseado cumplir ese sueño. Tanto es así que mi padre quería más bien que lo llevara a conocer el mar de Cartagena. Me decía que no sabía “qué era eso de Europa”.

Comprendí que prefería este lugar de Colombia porque era algo más inmediato a su realidad, él no era consciente de la magnitud de un viaje a Europa, en cambio, sí tenía idea de lo que era Cartagena. Me resistía a creer que mi papá prefiriera un viaje al otro y aunque comprendía sus razones, decidí hablarle de Europa para convencerlo de por qué era mejor este viaje. Por eso le conté que durante el vuelo en el avión se lograba ver en el horizonte que a un lado del mundo oscurecía mientras que por el otro lado aún se mantenía la luz del sol. Le conté que allí se daban las cuatro estaciones y lo que pasaba en cada una de ellas, que en verano anochecía a las once de la noche y que mientras en nuestro país era de día allí era de noche. Además, aprovechando el fervor religioso que siempre ha caracteriza a mis padres, le conté que visitaríamos la plaza de San Pedro y todo el Vaticano, donde reside el Santo Padre, y que allí podríamos visitar el lugar donde yace el cuerpo del fallecido papa Juan Pablo II. De este estilo fueron todas las razones con las que logré seducir e inquietar a mis padres y con las cuales ellos se asombraron y aceptaron mi invitación.

En realidad nos encontramos todas estas cosas. No habíamos estado tan felices como durante todo el tour. Mi padre con 64 años de edad y mi madre con 55, junto conmigo, sacamos el niño interior que después de haber planeado ansiosamente una salida al parque de diversiones, al fin llega a este con una alegría rebosante que proviene del alma y que se manifiesta en la risa y en la mirada transparentemente auténtica en la que el alma pareciera llegar a la más alta cúspide de la fascinación. La espera de las últimas semanas antes del viaje no solo nos robó el sueño, sino que además me hizo recordar con más fuerza aquel mismo nerviosismo que sentí cuando en cuarto grado de primaria en la escuela rural donde estudié, nos estaban preparando para el primer paseo al cual tuve la fortuna de ir.

Las noches anteriores no concilié el sueño pensando, especulando y armándome cientos de imágenes con las que seguramente uno se va a encontrar en esos sitios. Me causa mucha ternura el recordar a mi mamá peleando con mi papá para ver quién se quedaba con el puesto de la ventana, y aún más conmovido me sentí cuando llegaron al acuerdo de que, según el itinerario y el tour elegido, intercambiarían de silla para que los dos pudieran observar desde el cielo el mundo.

Estuvimos en Madrid, Toledo, París, Versalles, Capri, Venecia, Florencia, Roma, Asís, Pompeya, Micenas, Atenas y en algunas islas griegas. Aún tengo la imagen de mis padres llorando de alegría cuando estábamos realizando el recorrido por el río Sena en París o cuando contemplamos las obras del Museo Vaticano. En verdad me sentía muy feliz de estar disfrutando en la compañía de dos seres queridos.

Por mi parte, gocé de cada rincón en el que estuve parado. Me dí cuenta de que no es lo mismo leer un libro sobre la Revolución Francesa que caminar por la plaza de la Concordia en París. Que es muy diferente leer acerca de la Mona Lisa, a mirar la magia del cuadro original; que existe una gran diferencia experiencial entre ver los frescos de la Capilla Sixtina en un libro de arte, y estar allí percibiendo con los distintos sentidos la majestuosidad de Miguel Ángel. Que peregrinar por las calles y paisajes de Asís, donde nació san Francisco, uno de los más grandes santos, es toda una experiencia espiritual.

Definitivamente viajar nos abre la posibilidad de interpretar de manera más profunda el mundo y nos acerca a la experiencia de otros: culturas, gentes, idiomas, arquitectura e historia que muchas veces vemos como lejanas, como si fueran cosas que están en otro mundo. Fue una experiencia caleidoscópica de múltiples escenas.

No sé si fue mi formación filosófica que de una u otra manera me impulsó psicológicamente a sentir las cosas que sentí, pero la experiencia más significativa para mí fue Grecia. Aunque en todas las demás ciudades disfruté, fue en Micenas, en la colina donde están las ruinas del palacio del legendario Agamenón, donde sentí algo extraño que me conmovió en lo más íntimo de mi espíritu. En compañía del sonido constante de las cigarras, de las imágenes que ofrecían las montañas rocosas y áridas que no demandaban mucho esfuerzo para ver en el pensamiento a los antiguos griegos en sus locuras de amoríos y actos heroicos cabalgando en sus caballos por aquellas tierras en busca de inmortalidad, interioricé en mi ser algo que me llegó como una intuición, como un despertar que iluminó mi intelecto para comprender más claramente algo que sabía pero no entendía a cabalidad.  Me pregunté ¿cuál es el verdadero sentido de la vida, del existir humano? Y entendí con una claridad sorprendente que es hacer el Bien y Amar ─con mayúsculas─ a la humanidad de manera autónoma. Un amor no en el sentido de amar solo a mis parientes o pareja, sino todo lo humano e, incluso, todo el cosmos; es decir, acariciar un puñado de tierra, cuidar el planeta del cual hacemos parte o ayudar al otro que me trasciende. Que en esta época en la que vivimos y en la que el ser humano busca desesperadamente el sentido perdido, uno puede llegar a la felicidad amando, procurando el bien de los demás. Tengo que reconocer que desde que tuve esta experiencia que ha apaciguado mi alma, me duelen más las injusticias y la discriminación que se cometen cada día, me duele el llanto del otro y me despierta ternura la humildad y sencillez de la gente buena.

La verdad, maestro Botero, no he podido encontrar otras palabras más adecuadas y fieles para describirle esta experiencia por la que he estado tan tocado. Además, la he podido compartir y multiplicar pedagógicamente con mis estudiantes de los grados décimo y undécimo en las clases de filosofía, cuando tratamos temas como la ética y el sentido del ser. Esto me lleva a tomar con más apasionamiento y compromiso mi labor docente, pues en los jóvenes que tengo como estudiantes está la esperanza de tener generaciones futuras más éticas, autónomas y, sobre todo, verdaderos promotores y guardianes de lo humano.

Le he querido compartir de manera muy general estas experiencias de mi viaje, porque fue su altruista y bondadoso regalo con el que anualmente se une al Premio Compartir al Maestro, el que nos permitió realizar este sueño. Con su generoso regalo usted demuestra que ha comprendido que el valor de hacer feliz a otros, que hacer el bien y amar lo humano, humaniza. Usted como buen paisa que es me entiende si le digo, como decimos en Antioquia: “que mi Dios le pague”. Que Dios lo bendiga para que continúe cosechando muchos éxitos más y guarde la grandeza y generosidad de su corazón que realmente permite construir patria.

Mis padres le mandan un sentido agradecimiento por hacerlos tan felices y, personalmente, yo le agradezco por haberme cumplido el sueño que comencé a forjar desde que estudiaba filosofía: conocer las tierras de los grandes filósofos y poetas griegos y el azul profundo del cielo y el mar que siempre han cubierto tanto misterio. Me encantaría poder agradecerle personalmente, pero sé que hablar con usted no es fácil por sus múltiples ocupaciones. Por eso le pido con mucho respeto y admiración el favor de recibir esta carta, por cierto un poco extensa, y algunas de las fotos que en el viaje logré tomar y que le anexo a la presente. Igualmente agradezco su valiosa atención.

Cordialmente,

Henry Alberto Berrío Zapata
Gran Maestro 2007

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