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Proceso de un triunfo

Participar en el Premio Compartir es una experiencia que no se puede valorar materialmente. Es una vivencia interior maravillosa de esfuerzo personal y de profesionalidad.

Marzo 20, 2019

Ahora quiero plasmar la mayor y más excelsa satisfacción que he podido experimentar en mi vida de maestro, gracias al mejor reconocimiento que he recibido en mi vida y en mi vida como profesional de la educación en mi país a través de la nominación al Premio Compartir al Maestro en el año 2008 y haber obtenido este reconocimiento a nivel nacional.

Intenté llegar al concurso por primera vez en el año 2002. Recibí algunas observaciones sobre la propuesta presentada y la invitación para intentarlo nuevamente. En ese momento me encontraba centrado en dos metas que quería lograr: la primera, escribir mi primer libro; la segunda, alcanzar el nombramiento de maestro por parte del Estado, el que logré en el año 2006 acompañado del traslado desde el municipio de El Dovio, al municipio de Jamundí, en el departamento del Valle del Cauca.

Logradas estas metas, se despejó el horizonte y ello hizo que de nuevo brotaran en mí las ganas de volver al concurso, de enfrentar ese reto que había dejado pendiente y de cerrarlo con “broche de oro”.

Había transcurrido un tiempo en el cual maduré la propuesta, había alcanzado algunas metas a nivel personal, lo que conllevó a que un día me dijese a mí mismo: Fernando Eugenio, inténtalo de nuevo, realiza el proyecto como un ejercicio de cualificación y si ves que éste tiene posibilidades de trascender, preséntalo al concurso nuevamente.

Así comencé de nuevo, tomándome el tiempo necesario para diseñarlo muy bien, “con todas las de la ley”, lo cual me gustó e hizo que fuera animandome nuevamente para cumplir con todas las exigencias metodológicas que ameritaban. La propuesta fue escrita sosegadamente y no tuve que luchar contra el tiempo, ni contra nada. No tenía que demostrarle a nadie nada. Lo único que había era trasladar al papel el fruto de mis experiencias en el aula.

Todo esto me dio fuerzas para creer en mi proyecto y darle validez a la propuesta y con ello reconocer que era meritoria. Entonces, darla a conocer y publicarla valía la pena. Enviarla al concurso era una muy buena decisión.

Reescribir el proyecto me demandó 15 meses. En diciembre de 2017 estuvo listo dejando el mes de enero de 2018 para darle la última mirada y enviarlo al concurso de nuevo.

Leyendo los requerimientos para aceptar la propuesta, decía que era necesario que el proyecto llevara por lo menos 3 años de ejecutado y el mío no tenía sino año y medio. Ante ello, consulté al concurso y me respondieron que si este era un proyecto valioso y ya tenía resultados significativos la propuesta sería aceptada. Me animé de esperanza y valor, y la envié.

A partir de marzo de 2008 el tiempo de espera transcurrió con relativa tranquilidad, sin dejar de pensar qué iría a pasar con la propuesta enviada, hasta que a mediados del mes de mayo llegaron momentos muy especiales. Experimenté mi primera gran satisfacción: del concurso me informaron que mi propuesta había sido admitida entre los 1.341 proyectos presentados. Fue un gran gozo, pero nunca imaginé lo que vendría luego.

Siempre quise ser protagonista y que mejor que en mi profesión. Me animaba mucho al ver que en la publicación de la fundación “Palabra Maestra” se mostraba a nivel nacional los proyectos seleccionados. También se hacía en la prensa y en la página de la Fundación Compartir.

Esta vivencia maravillosa muy pocos maestros la hemos podido experimentar. Hay que estar allí para poder saber lo maravilloso que ello es.

Nuevamente el Premio Compartir me contactó y me dijo que mi propuesta, después de las siguientes evaluaciones recibidas por los especialistas, se encontraba entre las 24 mejores y que próximamente me visitarían para conocer más de cerca la experiencia.

En mi institución había una gran alegría. Los compañeros mostraban mucha satisfacción por lo alcanzado hasta ese momento en el concurso.

Los especialistas durante la visita contactaron a las directivas, a los profesores, a los estudiantes, a padres de familia y, obviamente, a mí. De este momento recuerdo mucho las palabras de la evaluadora de mi propuesta quien destacó varios aspectos de ella, lo que me llenó de “orgullo del bueno”, ya que me transmitió la idea de que el trabajo que había venido desarrollando era meritorio. Eso lo sentí como un abrazo cariñoso de una colega.

En espera de saber qué sucedería en la última fase del concurso, el tiempo transcurrió en calma. Hasta que llegó el día 19 de agosto. Estaba reiniciando labores en la institución cuando me llamaron del Premio Compartir y me dijeron que mi propuesta había sido nominada al Premio y que me encontraba entre los 15 mejores maestros del país. ¡Qué gran noticia acaba de recibir! Lo que parecía imposible se hizo realidad. ¡Otro sueño hecho realidad!

Lo que un día comenzó en un apartado lugar entre las montañas del cañón del río Garrapatas, en el municipio de el Dovio, ahora era un hecho real. Un día vi por televisión el evento de premiación del concurso y en ese instante me dije: “algún día estaré yo también allí”, y así sería. Gran emoción por haber llegado hasta esa instancia del concurso.

Gran alegría por haber recibido reconocimiento del esfuerzo hecho durante 15 meses de trabajo de la escritura de la propuesta y de haber plasmado en ella gran cantidad de aprendizajes alcanzados durante tantos años de mi práctica docente. Muchas satisfacciones surgieron en ese momento, como por ejemplo el poder entregarle a los míos tantas satisfacciones, tantas vivencias y tantas emociones para la posteridad.

Transcurrió un mes entre la noticia de haber llegado a la nominación y la realización del evento de premiación, tiempo durante el cual me propuse hacer un trabajo mental con relación a no caer en triunfalismos, de controlar el ego y mentalmente repetía: “Estás invitado a un gran evento, eres invitado de honor y mereces estar en él”, y ello se fue poco a poco haciendo realidad cuando recibí los tiquetes para hacerme presente en dicho evento.

Se abría un panorama para vivir experiencias inolvidables, conocer profesionales idóneos en mi especialidad, nuevos amigos, satisfacciones materiales y espirituales, habrá presencia de medios de comunicación, televisión, conoceré lugares especiales, serán experiencias inolvidables. Y así ocurrió.

Salir avante entre 1.341 propuestas presentadas en el concurso fue “una verdadera prueba de fuego”, una evaluación de alta calidad “con todos los quilates” y haber obtenido una alta valoración de mi trabajo pedagógico, no a nivel municipal, ni departamental, sino a nivel nacional, fue el más alto honor y el mayor y mejor reconocimiento en mi vida de maestro. Ello es para mi mejor triunfo, mi mejor premio. Estaba viviendo lo que un día soñé.

Viajé a la capital del país, el gran encuentro era allí. Habían esperanzas aprisionadas en el interior de mi ser. Los plazos se habían terminado, la fase final se había iniciado, el primer momento fue encontrarnos todos los finalistas con los evaluadores y directivas del evento. Había tensión, nerviosismo, pero también alegría de estar entre los mejores. La primera noche fue cálida, emocionante.

El segundo día fue en el Museo Nacional, allí celebramos los 10 años del Premio Compartir, asistieron personalidades de la ciudad, nos colocamos por primera vez la toga la que luciríamos la noche de la premiación (que sensación tan especial fue ello), donde nos entregaron un diploma, una medalla y una placa como parte del reconocimiento por nuestro trabajo.

Tuvimos un tercer momento en la biblioteca Luis Ángel Arango, una de las mejores de todo el país. Allí éramos huéspedes ilustres, los invitados ilustres del primer encuentro latinoamericano de grandes maestros. Allí estábamos los mejores 15 maestros de Colombia y el mejor maestro de Guatemala, Costa Rica, Perú y Brasil, representante de la Unesco para América Latina, la Ministra de Educación, el director de la Fundación Compartir, personalidades de Uruguay y Argentina, entre otros.

Se llegó la noche de premiación. Entramos al escenario, mucha gente, cámaras, luces. Detrás de bambalinas mirábamos el escenario, a los asistentes a la ceremonia. Había nerviosismo, tensión, emoción, caras de preocupación, todo lo que encierra un momento de esta naturaleza, la hora final se acercaba.

En un momento de estas escenas me retiré a un costado del escenario y le di gracias a Dios por estar viviendo esos momentos. Lo que un día soñé, ahora lo estaba haciendo realidad.

Yo quería estar entre los mejores de Colombia y lo logré, en mi corazón había paz, gozo, una sensación espiritual inolvidable, lo mejor que me había pasado como maestro, y transcurrido el tiempo, lo que difícilmente volvería a vivir. Y se llegó el momento de la premiación: fotos, abrazos, la televisión, risas, llanto, emociones encontradas, algo inolvidable, maravilloso.

Cayó el telón y se apagaron las luces. ¿Qué quedó? Definitivamente fue una experiencia que no se puede valorar materialmente. Es algo muy espiritual, es una vivencia interior maravillosa, de esfuerzo personal, de profesionalidad, de disfrute, de gozo, un reconocimiento que en todos mis años de experiencia de maestro, nadie me la había hecho.

Sin dejar de desconocer el valor del dinero ofrecido, los premios materiales entregados, la prensa, la radio y la televisión, la experiencia es muy espiritual, inmaterial. Yo miré hacia atrás y no vi nada después de todo lo sucedido, todo lo experimentaba en mi interior. Pero no solo esa era la verdad, había otra: me sentía muy orgulloso conmigo al revisar todos los pasos que fui dando hasta llegar a ese último instante del proceso, los cuales los puede superar.

En mi cerebro todavía continuaba resonando todos los instantes, todos los filtros, todas las evaluaciones que tuve que pasar hasta llegar a la instancia final: primero, quedar entre los 1.341 proyectos presentados, luego entre los 150 y posteriormente entre los 70 seleccionados. Luego 50, 24 y finalmente 15. “Me parece mentira” haber llegado hasta allí.

“Fernando, sentite muy honrado por lo que haces como maestro”, fue lo que me dije en medio de este gran regocijo.

Y al final de todo ello, poder decir:

Expreso con todo mi corazón y con toda mi alma que me siento demasiado bien por ser maestro.

 

Agradezco profundamente a la Fundación Compartir y al Premio Compartir al Maestro por hacer lo que hace y en la dimensión que lo proyecta: reconocer la labor de los maestros a nivel nacional.

 

Gracias. Gracias por la exaltación que recibí por ser maestro.

Escrito por
Maestro que labora en el municipio de Jamundí, corregimiento de Potrerito, departamento del Valle del Cauca. Nominado al Premio Compartir en el año 2008.
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Jesús Samuel Orozco Tróchez
Gran Maestro Premio Compartir 2005
Senté las bases firmes para construir una nueva escuela rural donde antes solo había tierra árida y conocimientos perdidos.