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¿Cómo enseñar la historia reciente en el colegio en Colombia?

La pedagogía de la verdad implica romper con la didáctica de “dictadura”, si algo es aberrante es dictar o hacer copiar lo que los textos editan.

Agosto 20, 2019

Absolutamente SÍ, de modo urgente. Acaso no nos ha calado esa lapidaria frase de que “Quien no conoce su historia está condenado a repetirla”, y con esto podríamos cerrar la reflexión en torno a esta pregunta propuesta. Y lo que en el fondo plantea la frase es que pensar y actuar se condicionan mutuamente, que no podemos andar por el mundo sin estar conectados con nuestro cerebro, A diferencia de otras especies que viven en el eterno presente la humana no, vivimos más en el pasado y en el futuro, mientras escribo estas notas estoy pensando en la clase de ética que debo preparar a toda prisa. Es en la libertad de hacer con el tiempo y el espacio lo que nos da la gana lo que nos exige ser seres históricos, no podemos jugarnos la vida en el azar de un clip sobre la pantalla, hemos de contextualizar la acción, cosa que solo se logra en el discernir producto del comprender. O articulamos estos: pasado, presente y futuro, pensamiento y acción o vivimos como gallinas buscando el alimento sin contemplar las estrellas.

La sociedad, -no solamente la escuela- debe dotar de un mapa de contextualización a los adolescentes para que se puedan mover en la única dirección que debe mover el conocimiento y comprensión de la historia: la mayor humanización. Somos seres históricos: atravesados por el variable tiempo y espacio. Si terminada la secundaria un joven no se sabe ubicar geo-históricamente (espacios y tiempo) estará perdido por más GPS que tenga incorporado en su celular. Quien no sepa lo mínimo de la segunda guerra mundial y su gran consecuencia en el establecimiento de la carta de los derechos humanos correrá el riesgo de ser atraído por la ideología neonazi que parada en ese pasado intenta orientar a la tribu hacia la raza pura. Y así podríamos poner muchos ejemplos con la revolución industrial, la revolución rusa, pues el presente es solo un instante en el que se presenta una de las mil caras que tiene nuestro pasado y de las que nacen miles de oportunidades de crear nueva historia.

Hoy pareciera que los jóvenes de la secundaria no quieren y no necesitan abrir esos libros, ni siquiera para el ICFES, y quieren mantenerse alejados de lo que está pasando -al no ser que sea algo avisado con un “extra, extra”, “último momento”, de la televisión o de MSM cuando entra a su celular o a su computador que por lo general no pasa de ser “chisme” sobre el pase o las novias del astro de fútbol, la grosería de algún candidato del que nos importa la vulgaridad y no su nombre ni su apellido, la captura de algún delincuente medio heroico o algún político medio corrupto, pero hecho el clip sobre la pantalla ahí terminó todo, no hay imaginación, no hay aventura, porque no hay conexión, no hay dinosaurios no hay sino tedio y aburrimiento que se supera con los jueguitos que trae instalado el celular cada vez más imprescindible en esta aldea global, y en los que tengo la sensación de vivir eternamente en el presente, sino que además si pierdo puedo volver a empezar, en la vida real o perdí o gané. Su actitud no es tanto su culpa, es de una sociedad adulta que le ha ido quitando esa tarea a la escuela y se la ha asignado a los medios de comunicación. Y por eso es urgente que la escuela y en mucho la familia, vuelva a asumir la tarea de comprender -no digo enseñar, que puede ser adoctrinar- sino comprender la historia. Pues no puede permitirse dejar en manos de inescrupulosos directores de noticias y periodistas a los que todos sabemos se les amordaza para que muestren el PRESENTE al modo como conviene al partido de gobierno que los sostiene. Pues hoy las noticias, los aconteceres pasan por la mano de ese cuarto poder que gobierna en las salas de redacción, y un quinto poder que circula como un gasparin por los celulares con tal poder que pueden generar un golpe de estado como se logró en Egipto.

Agreguemos una precisión a eso de “historia reciente”; puede tener la intención de precisar el “hoy”, pero de ser así, ese hoy pueda que se refiera a la semana que está pasando, al mes, al año, al quinquenio a la década, a la centuria, a la época, a la edad y podemos perdernos, pues ese hoy no es instantáneo, es un hilo que al halarlo trae consigo todo el PASADO, y el presente no es sin ese pasado; por tanto enseñar el pasado es enseñar la historia reciente. De hecho a quienes ya transitamos por la sexta década de nuestras vidas, se nos enseñaba “prehistoria” y ese pequeño libro azul despertaba tanta curiosidad que hubiese querido uno abrir la puerta de la “proto-historia” desde la que le daban a uno un salto tan gigante que se perdía el entusiasmo. Y los maestros de historia nos acompañaban desde ese remotísimo pasado hasta la comprensión de nuestro ser chibcha, de nuestro ser motilón o ser pijao o ser coyaima y nuestros equipos de fútbol llevaban esos nombres, Pero bueno nos perdimos en la precisión, a lo que íbamos era eso de “reciente”, y sí efectivamente hecha la salvedad que reciente puede y debe ser esos aconteceres nodulares que definen nuestra generación (¿25 años?) y la siguiente, la respuesta sería: absolutamente sí. Por lo menos un marco de dos generaciones.

Digamos también que además de comprender el hilo hacia atrás la comprensión de la historia tiene quizás más sentido de cara a la otra faz del tiempo: EL FUTURO. Y es desde ese sentido, que nos lo recuerda la famosa frase “quien no conoce su historia está condenado a repetirla” que la enseñanza de la historia no se puede prescindir.

Acerca del cómo enseñar la historia, unámosle la otra: ¿Qué lenguajes usar en el aula para hablar de la historia reciente?

Por “lenguajes” podemos entender los modos y caracteres de los discursos del aula. Pero también lenguajes pueden referir a la presentación, a las imágenes, símbolos de los hechos, que refieren a su vez, a los mecanismos e instrumentos que y con que se producen. Sea la una o la otra podríamos decir que el lenguaje ha de ser CLARO, y TRANSPARENTE, con pre- tensión de objetividad.

Hay bastante literatura que no se puede asumir aquí y por tanto nos queda el camino de la experiencia pedagógica para dar algunas luces que de seguro conectaran al lector con toda una tradición escrita. Hemos escuchado hasta la saciedad DE LA OBJETIVIDAD, de la imparcialidad de la historia y efectivamente esto es necesario. Solo asumiéndose como un académico ético que lucha por ser objetivo -cuestión que es absolutamente imposible en su totalidad- quien enseña historia debe ser un estudioso de ella. No puede haber más clases de ciencias sociales dictadas por economistas, por administradores de empresas que asumen la enseñanza como un oficio para sobrevivir. A esa objetividad ayuda la capacidad de poner al estudiante en contacto con las fuentes: las crónicas, los periódicos, los testimonios, los videos. No puede haber más clases de ciencias sociales dictadas desde el relato de un maestro aprendido en un texto editado con una intención comercial.

La enseñanza de la historia debe ser CRÍTICA, debe facilitar que cada quien se haga su propio juicio y a ello ayuda la exigencia de leer las noticias, de escuchar las versiones. Lo contrario a la crítica es el tragar entero el asumir y confiar en la versión que el poder impone, ser crítico es ser rebelde de ir tras otras fuentes. Cuánto daño nos ha hecho, por ejemplo, creer solo teníamos dos alternativas liberales o conservadores y cuántos muertos nos hubiéramos ahorrado si hubiéramos visto que había muchas otras posibles maneras de organizar el estado. No se puede seguir dictando clases de sociales con las producciones del canal caracol, o del Canal RCN que cargan a los personajes con un sesgo que es además de impúdico histórico, las Ibáñez, La Pola, Simón Bolívar deben ser solo referencias, pero no el material de aprendizaje a los niños y jóvenes hay que llevarlos a los museos, a las hemerotecas y que lean con sus propios ojos los escritos de los personajes pues fueron sus ideas y sus discursos lo que hicieron que la historia se disparara en tal o cual sentido y no su carita bonita o sus andanzas de alcoba que tanto exacerban las producciones para poder meter los productos que los patrocinan.

La enseñanza de la historia debe ser AMENA, contrario a las cronologías en las que se pierden los detalles que explican la magnitud del evento. Contar la historia de Pedro Pascasio Martínez como lo hacen los narradores del puente de Boyacá apurados por obtener una moneda, a escuchar la manera como los poderosos pusieron un arma lo reclutaron siendo un niño en momentos en que eso de los derechos humanos era un discurso como el de la partícula de Dios, despiertan dos sentimientos e intenciones diferentes. Leer el enfrentamiento de liberales y conservadores al modo de Tomás Carrasquilla en su obra “El padre Casafus” y verlo en “cóndores no entierran todos los días” hacen que se quiera ver más honestamente el actuar de unos y otros. Si una clase de historia solo activa la memoria, perdimos el tiempo, será plenamente historia sino contagia de las ganas de ahondar en otras fuentes lo narrado, si despierta las ganas de repetir las gestas de los héroes presentados. Si a los héroes los presentamos como ídolos para vender la camiseta No 10, la historia solo vivirá en la mente escasamente un periodo académico.

Por último es bueno recordar que la existencia humana por ser histórica es narración, la vida es narrativa, nuestra vida es una historia que se va componiendo sin poder deshacerla en la noche como Penélope mientras esperamos el dulce final, la vida es azar, incertidumbre y es aprendizaje. Y siendo narrativa es posible una diversidad de lenguajes que hay que saber modular: la crónica, la noticia, el documental, la película en corto o largometraje, la entrevista y el detestado texto académico son herramientas que no solo motivan a comprender sino a ubicar y confirmar.

¿Cómo se discierne la verdad en un mundo en el que hay tantas fuentes de diferente calidad e intenciones? 

Si hay saberes en la escuela que deban callar cuando se cree que la escuela está para enseñar “la verdad” es ese conjunto de saberes que agrupamos en “ciencias sociales”. ¿Existió real y verídicamente Jesús de Nazaret?, ¿Adolfo Hitler desapareció de la faz de la tierra?, ¿La guerra de Vietnam la ganó Estados Unidos?, ¿Irán tenía las temidas armas biológicas que condenaron a la horca a Hussein? ¿Fueron los mismos gringos los que asesinaron a John F Kennedy? ¿Roa actuó solo en el asesinato de Gaitán? ¿El general Maza cambió el esquema de seguridad para facilitar la muerte del incómodo Luis Carlos Galán? ¿El único capturado por la bomba del General Santander es un subversivo planificador del genocidio? Y no sólo con relación a esos “datos” que definieron el giro de la historia sino con asuntos como la postura frente normas morales, criterios axiológicos de las acciones: ¿Aceptamos la adopción de niños por parte de parejas homosexuales?, ¿Debe permitirse la libre sexualidad al extremo de total libertad inclusive actos como la zoofilia?, quien quiera sentar cátedra en esto pasará seguramente por mamerto, o por fanático y más en un mundo de mentes líquidas que se alimentan del extremo relativismo. Y es que en ciencias sociales no es como el 2+2= 4 en español, inglés, japonés, etc.

En sociales no hay verdad, hay verdades y por tanto no se trata de hallar “la verdad” sino de compaginar y dar coherencia a las verdades lo cual más que hacer experimentos que demuestren que el producto obtenido es una sal. Discernir aquí es contrastar, y siempre partiendo de lo que se tiene, de lo que se vive. Por ejemplo: por más ingenuo que se sea y por más fuerza que se haga para ocultar versiones nadie puede dejar de sospechar que lo que hoy vivimos de incertidumbre en el campo y de la miseria de nuestros campesinos tiene que ver con dos cuatrienios de gobierno en el que fuerzas tan poderosas como los paramilitares, los militares, los guerrilleros determinaron lo que se vive en cualquier vereda colombiana. Las ciencias sociales no pueden prescindir de las conjeturas, de los chismes, de las versiones de los vencidos y de los subversivos, las versiones de los rebeldes o de los presuntos pues en ellas se cocinan las verdades y sus intenciones.

La palabra clave que ilumina el quehacer del maestro de sociales es esa: enseñar a discernir, debe evitar dar su versión, debe señalar honesta y muy académicamente las fuentes, las versiones y debe evitar y siempre superar la tentación de dogmatizar y adoctrinar al niño. Eso lo hace auténticamente formador cosa que lo hace diferente al periodista pues este no puede evitar el condicionamiento. Eso es lo que queremos decir cuando planteamos que la enseñanza de la historia ha de ser una “comprensión de la historia”, palabra con la que se quiere proponer un “apropiar-se”, pues desde el presente que es como un signo voy hacia atrás y me puedo encontrar con el vestigio de una mina de oro, pero también con el cordón de una bomba que me estallará en la cara. Es lograr activar esos sensores que le indiquen al niño y especialmente al adolescente y al joven, cosa que nos llevaría a plantear la urgencia de retomar la enseñanza de la historia no solo en la secundaria sino en la universidad, y que sea ese sensor el que le permita tener un plano geo-histórico en el que se mueva. Más que los contenidos, que los aconteceres hay que general la capacidad de mirar amplia y complejamente al modo que lo permite un drom. Es desarrollar en el cerebro del niño el drom que hay para que mire en perspectiva la realidad, en sus conexiones, en sus posibles desenlaces.

¿Es el desarrollo del pensamiento crítico una ruta para construir o aportar a la verdad? Si es así, ¿Qué papel juega la pedagogía en la construcción de la verdad? y ¿cómo?

No es una ruta, es una condición. El pensamiento crítico es DIVERGENTE y esto se pone en juego cuando las posibilidades de verdad son varias, en ninguna otra ciencia como en las sociales se debe recurrir asumir la divergencia, es DIALOGANTE, se va tejiendo desde las visiones de los hechos y de las intenciones de estos, es TOLERANTE, la provisionalidad de la verdad siempre en construcción exige ser cauto, ser prudente, ser condescendiente con el interlocutor. Es COMPLEJO, nunca es rectilíneo, es espiral, no es unicausal, es multicausal y exige el esfuerzo valorativo o ponderativo de factores.

La pedagogía de la verdad implica romper con la didáctica de “dictadura”, si algo es aberrante es dictar o hacer copiar lo que los textos editan. La ciencia social debe hacerse desde los ensayos, desde los seminarios, desde las tertulias de quienes quieren comprender los hechos para hacerse mejores personas, para no deshumanizarse en la barbarie del pasado. Implica romper con la metodología “memorística” y darle el justo uso a esta aptitud humana, el humano debe saber “ubicar-se” para poder partir, para poder crear y nunca para aferrarse al pasado.

¿Cómo debe cambiar el sistema educativo para no perpetuar las condiciones que llevaron al conflicto?

Serían muchos los cambios que ha de emprender, que daría para otra disertación, pero solo enunciar unos cuantos que puedan ser el articulador de muchos otros: Una educación con perspectiva formadora y no una educación traducida como instrucción pública. Formadora de personas que de sí son: históricas, trascendentes, intersubjetivas, en fin, complejas y no meros cerebros aplanados en pupitres. Además, que sea un sistema autónomo y respetuoso del acto educativo. Ojalá a los ministerios llegaran pedagogos, y no finqueros o administradores de haciendas. Ojalá la planeación y programación de las ciencias sociales para las escuelas se haga en sentido ascendente: desde la voz de los niños y maestros a los genios del currículo del ministerio. Ojalá haya voluntad política de tener una educación pública y laica y no una educación privatizada y sectaria, Y de modo específico una educación que promueva y facilite una pedagogía de aulas abiertas: al mundo, al museo, a la academia, a la ciudad; en últimas a la realidad que hay detrás de los noticieros, de los pantallazos del Facebook o del WhatsApp. 

 


Photo by The New York Public Library on Unsplash

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Profesor de ética y religión colegio Divino Maestro, Distrito de Bogotá. Catedrático de humanidades de la Universidad de la Salle. Nominado y finalista del Premio Compartir en 2004 y 2013.
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Martial Heriberto Rosado Acosta
Gran Maestro Premio Compartir 2004
Sembré una semilla en la tierra de cada estudiante para que florecieran los frutos del trabajo campesino en el campo que los vio nacer