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Competencias, aporte criollo a un concepto de la Unión Europea

La polisemia del concepto de competencia invade todas las esferas de la educación, por ello nunca sobra revisarlo nuevamente.

Noviembre 11, 2015

El tema de las competencias sigue siendo un dolor de cabeza para muchos profesores, rectores, padres de familia, funcionarios del gobierno y, en general, para todos los involucrados en el campo educativo. Y a pesar que muchas veces los estudiantes no se enteran sobre este debate, un gran número de los padres de familia, profesores y funcionarios se interesan solamente en los resultados, por lo que vale la pena pensar críticamente con respecto a dicha noción.

Cabe recordar que este concepto polisémico y controversial, hace referencia a hacer algo en un contexto concreto solucionando un problema específico, pero apoyándose en unos saberes previos. De esta manera, la competencia –en sus múltiples caracterizaciones– lleva a un saber hacer en el que se transforma la realidad. La mayoría de las definiciones parecen coincidir en este punto.

La historia de las competencias no es tan larga como se cree, aun  cuando algunos pretendan ver en autores antiguos gérmenes del mismo. El investigador colombiano Miguel Maldonado (2002) recuerda que “Chomsky fue el primero en emplear el término competencia, término que hoy circula en el léxico de algunos empresarios, docentes y pedagogos del trabajo […] Aunque el propósito de Chomsky no era trabajar para la educación ni para la pedagogía en particular, si buscaba comprender y explicar la adquisición de la lengua materna en los niños” (pág. 13).

Pronto las competencias empezaron a usarse para definir un conjunto de acciones medibles que podía desempeñar una persona en el ámbito laboral concreto, de tal forma que respondiendo a las exhortaciones de la declaraciones de la Sorbona y de Bolonia, el proyecto Tunning materializó este anhelo de identificación del concepto en el campo profesional y educativo: “las competencias están ancladas en comportamientos observables en el ejercicio de un oficio o de un empleo y se traducen en comportamientos que contribuyen al éxito profesional en el empleo ocupado” (Levy-Levoyer, 2003, pág. 47).

En esta transformación, los sistemas educativos empezaron a ajustarse al logro de una meta común: engendrar un tipo de ser humano competente que pudiese emplearse y encajar en el sistema productivo. Rápidamente, la discusión sobre las competencias estuvo en la agenda pública de los países, permeando todos los niveles formativos, desde la primera infancia hasta la universidad. Y como lo que miden las competencias son resultados de aprendizajes (que se reconocen por medio de cualificaciones) se llegó, como en el caso colombiano en educación básica y media, a proponer estándares para así poder comparar los resultados de aprendizaje con otros sistemas educativos. Este asunto se ha tratado también, de maneras diversas en lo que hasta ahora se ha llamado educación superior y que se empieza a denominar como educación terciaria.

A esta altura resulta pertinente una definición gestada en el seno de la Unión Europea en la que se define la competencia como: “capacidad de una persona para poner en práctica adecuadamente los resultados de aprendizaje en un contexto concreto (educación, trabajo o desarrollo personal o profesional). O capacidad para utilizar conocimientos, destrezas y habilidades personales, sociales y metodológicas en situaciones de trabajo o estudio y en el desarrollo profesional y personal. Cabe anotar que la competencia no se limita a elementos cognitivos (uso de teorías, conceptos o conocimientos tácitos), sino que abarca además aspectos funcionales (capacidades técnicas), cualidades interpersonales (por ejemplo, capacidades sociales u organizativas) y valores éticos” (Cedefop, 2014, pág. 48).  

Y aun cuando el anterior enunciado contempla otros niveles más allá de lo profesional, no es un secreto que, a pesar de los esfuerzos de algunos pedagogos por hablar de las competencias más allá de la vida laboral, es en el terreno de la formación para el trabajo donde con mayor vehemencia se ha acuñado el término. Finalmente, somos una sociedad de trabajadores; eso no es malo siempre y cuando se dignifique al ser humano y exista justicia social.

Ahora bien, creo que la definición expuesta contempla una coherente y sólida esquematización conceptual sobre las competencias. No obstante, ya al inicio de la misma se esboza una gran limitación al afirmarse que los resultados de un aprendizaje de una persona se ponen en práctica en un contexto concreto de manera adecuada. Precisamente es en esta última palabra donde veo el riesgo, ya que lo adecuado no siempre es ni bueno, ni correcto. Creo que el término para reemplazar el concepto sería: reflexivamente. Así, el inicio de la definición de competencia pudiese quedar: “capacidad de una persona para poner en práctica reflexivamente los resultados de aprendizaje en un contexto concreto….”.

Este es mi aporte a la definición de competencia que nos presenta la Unión Europea, que al provenir de allí no siempre es adecuada a nuestro contexto.

Sin embargo, ahora al terminar estas líneas me asalta una duda: ¿Los sistemas actuales promoverían la reflexión crítica entre los trabajadores? Y ¿qué significaría esto en nuestro contexto donde, por ejemplo, trabajar regularmente más allá de la hora de salida de  trabajo es significado de compromiso con la organización? ¿Qué implicaciones tendría esto para los profesores? La discusión queda abierta.

Trabajos citados

Cedefop. (2014). Terminology of European education. A selection of 130 key terms. Luxenbourg: Office of the european union.
Levy-Levoyer, C. (2003). Gestión de las competencias. Barcelona: Gestión.
Maldonado, M. Á. (2002). Las competencias, una opción de vida. Metodología para el diseño curricular. Bogotá: ECOE.

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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