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Reflexión para vivir el aislamiento social

La suspensión de clases abre la posibilidad para el entendimiento compartido, desde tres conceptos claves para el crecimiento humano: la prudencia, el ocio y el pensamiento crítico.

Marzo 24, 2020

“Allí donde está el dolor, está también lo que lo salva”. Hölderlin

Quiero dirigirme a los niños, niñas y jóvenes, pero también a los adultos, en este contexto donde aflora el pánico y el temor que ha generado la calamidad de salud pública que vivimos como especie con el COVID-19, tragedia que nos azota en los diversos contextos de la geografía y pone en crisis nuestra vida humana. Es urgente atender con responsabilidad las medidas  preventivas de autocuidado y de cuidado del otro y del ambiente.
En este contexto de emergencia, recurro a las ideas del filósofo Foucault, quien nos enseña a entender la ética del cuidado de sí y de los otros.  El cuidado de sí, son  prácticas que expresan una actitud consigo mismo, pero también con los otros, con los otros y con el mundo. Es, por un lado, una forma de vigilancia sobre lo que uno piensa, sobre el pensamiento y, a la vez, designa un determinado modo de actuar mediante el cual uno se transforma al hacerse cargo del otro. No se puede tener cierto efecto en el otro, si antes no se ha hecho ese trabajo consigo mismo. Se debe cuidar de sí mismo cuidando de los otros.

La decisión inteligente de suspender clases fue una respuesta a no correr riesgos inminentes de contagio que pueden provocar las aglomeraciones de niños, niñas y jóvenes en los colegios; decisiones que abren la posibilidad para el entendimiento compartido, desde tres conceptos claves para el crecimiento humano: la prudencia, el ocio y el pensamiento crítico.

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En primer lugar, la prudencia desde Aristóteles, es una noción que inspira nuevos contenidos que motivan hacer frente a esos seductores cantos de sirena de los tecnócratas  de la educación; voces apegadas a lo útil y al resultado, demandando dar cumplimiento a los programas académicos y no presentar el tiempo como posibilidad para potenciar las habilidades o capacidades definidas en los fines y objetivos educativos de la Ley 115 de 1994.  

En estas voces apegadas al rendimiento, contrarias a los significados propuestos desde la ética del cuidado y de la prudencia, se puede interpretar que la dimensión de educarse integra acciones éticas y políticas. Viajar a la paidea aristotélica seguramente podrá traer una ayuda a la paidea actual.   

En este contexto, el “quédate en casa” va más allá de saturar de tareas y trabajos a los niños, niñas y jóvenes. Vale la pena invitarlos a vivir su propia experiencia de reflexión sobre lo que está sucediendo y la exigencia de ejercitarse en saber tomar decisiones para preservarse de lo que pueda causar daño a nivel personal o social. Que entiendan que el “no salir de casa” es un acto de prudencia, como habilidad o capacidad de elegir el bienestar, de enfrentar y evaluar riesgos. Esta práctica sólo es posible en el silencio, en la escucha y observación de mensajes, en las preguntas que puedan surgir sobre lo que está pasando.

De otra parte, es necesario comprender la decisión del “quédate en casa” como tiempo de ocio, tiempo para entrenarse en la formación del espíritu, en cuanto al desarrollo de su carácter de persona y sus potencialidades. El tiempo de ocio puede reavivar capacidades como la escucha, la meditación, la oración, el gozo de jugar en familia y asumir parte de los quehaceres del hogar. Lo contrario sería cultivar de manera egoísta la holgazanería, el placer por el placer que promueven los planes vacacionales.

Los fines educativos definidos en la Ley 115, apuntan a una educación para la libertad, el pensamiento crítico y no sólo para el trabajo y el esfuerzo. Entender que el “quédate en casa” no es tiempo para no hacer nada o perder el tiempo, sino para entenderlo como tiempo de ocio, que significa tiempo para crecer como personas en las vivencias cotidianas. El ocio como tiempo desde la reflexión personal moviliza recursos cognitivos, comunicativos, emocionales, éticos, activa la competencia para que cada uno trabaje por el honor de ser mejor ciudadano, por cultivar los mejores hábitos personales y sociales.

Así mismo, la orden “quédate en casa”  pone a prueba nuestro razonamiento crítico. La crisis humanitaria que vivimos trae desinformación, cantidad de tuits de humor negro, expresiones discriminantes poco constructivas. Cultivar la criticidad en los estudiantes les ayuda a ser cuestionadores e intérpretes con criterios para evaluar información. Además, pueden participar de modo respetuoso en el desarrollo de una comunidad plural y progresista.

Desde este ángulo de razonamiento surgen los siguientes interrogantes: ¿Cómo está  usted preparándose desde su casa para que el virus no llegue al barrio o a su familia?
¿Qué podría pasar si el COVID 19 llega al barrio o a su familia? ¿Cómo lo podría afectar el virus? ¿Cuál es su responsabilidad?
¿Qué piensa y cómo se siente usted por esta situación de no poder salir de casa? ¿Qué preocupaciones tiene? ¿Qué enseñanzas le está dejando para su vida, el tema del COVID-19?

También surgen dilemas éticos ¿Es justo que en las tiendas o farmacias se especule con el precio de los alimentos y medicamentos en este tiempo de calamidad? ¿Qué estrategias propone para combatir esta situación?¿Por qué incumplir la cuarentena es un intento de asesinato?

Después de batallar con estos cuestionamientos, en la última página del libro ’La Peste’ de Camus, el médico protagonista se pregunta qué hemos aprendido en estos momentos de peste. La respuesta precisa es: “Esto es lo que se aprende en medio de las plagas, que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”.

 


Imagen pixabay.com

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Luis Fernando Burgos
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