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Resignificar la cultura

Con el retorno a la casa viene, de paso, el retorno a la cultura, a las maneras creativas como los seres humanos hemos habitado el mundo.

Junio 2, 2020

El Covid-19 será, seguramente, uno de los sucesos de mayor transcendencia en el siglo XXI, por la dimensión planetaria, global y múltiple que la pandemia ha generado, por los cambios abruptos y radicales que ha suscitado y, sobre todo, por haber puesto en cuestión las bases que sustentan el devenir de la sociedad mundial.

Sus efectos ya se expresan en la economía, la salud y en general en todo el andamiaje que sostiene la cultura actual. Nunca antes los seres humanos, como especie, habíamos sido encerrados por el miedo, amenazados de muerte y pasmados de pánico. Por primera vez en la historia del mundo, una criatura nimia paralizó el planeta y nos enrostró nuestro humilde lugar en la tierra. Un intruso y anónimo y anárquico, rompió las milenarias leyes biológicas a las cuales obedecen los procesos íntimos y esenciales de nuestro organismo, y se burló de nuestra vanidad de especie al enseñarnos que vistas desde la biología, nuestras células son igual de plebeyas que las de los murciélagos. ¡Vaya cachetada!

Nuestros ojos no daban crédito a las imágenes televisivas, apocalípticas y sobrecogedoras, que mostraban a las ciudades imperiales del mundo, transfiguradas en gigantescos cementerios, temerosamente detenidas, vacías e inánimes. Parecía ficción de Hollywood: un engendro de murciélago había logrado detener la todopoderosa banca, mandar a dormir al insomne comercio, parar la aviación mundial y hacer callar a los dignatarios prepotentes que ingenua y despectivamente lo consideraron una gripa pasajera: un catarro.

Semejante espectáculo desolador, no parece optimista, ni afortunado; lo ha sido y con creces, porque a su vez, el planeta reverdeció, los motores cesaron su ruido para que los violines entonaran sus cuerdas y los pobladores de las casas del mundo se miraron a los ojos y se reconocieron como familia: en días recientes llegó por “whatsapp” una imagen enternecedora: un papá bailando tango con su pequeña. No es la única, se han multiplicado los videos que muestran la manera como las familias afrontan estos días de encierro. La mamá compartiendo sesiones de pintura con sus hijos, el papá montando a caballito a su hija, los abuelos en la sala contando sus historias, los hijos compartiendo los menesteres de la cocina, todos disfrutando la música o reunidos viendo una película. Si algo positivo ha traído esta epidemia, es la posibilidad de recuperar esos usos culturales que se estaban diluyendo por la celeridad de estos tiempos y por la dispersión que ha traído consigo el uso masivo de dispositivos electrónicos.

Esta es una oportunidad, única y feliz, que no podemos desperdiciar padres y maestros. Como lo plantea el pedagogo italiano Francesco Tonucci, es la oportunidad de recuperar las cosas sencillas de la vida: desde lavar, doblar ropa, cantar, volver a los viejos juegos como escondite, lleva, congelado, sacar los juegos de mesa y compartir en familia, sin afán. Es como si de repente estuviéramos re-descubriendo la casa, sus rincones, sus misterios y sus recuerdos. ¿Quién de niño no se escondió debajo de una cama, en un armario o detrás de una cortina? Dice Bachelar, en La poética del espacio, que “No solamente nuestros recuerdos, sino también nuestros olvidos, están ‘alojados’. Nuestro inconsciente esta ‘alojado’. Nuestra alma es una morada. Y al acordarnos de las ‘casas’, de los ‘cuartos’, aprendemos a ‘morar’ en nosotros mismos”. Así que este encierro ha sido como un retorno obligado a nosotros mismos. A todos nos ha puesto a reflexionar y cada familia, a su manera, ha tomado la madeja para recuperar el hilo de lo mejor que nos constituye. Los abuelos han recuperado su voz y su lugar en la familia. Habían sufrido una suerte de extrañamiento y se consumían en la soledad de sus recuerdos. Ahora, de nuevo, cuentan y nos cuentan.

Es que con el retorno a la casa viene, de paso, el retorno a la cultura, a las maneras creativas como los seres humanos hemos habitado el mundo. “Una voz nos llama/ desde la sangre/ es el árbol el que habla/ en el centro del patio”, nos recuerda el poeta Horacio Benavides. La casa está poblada de voces, de sueños, de libros, de historias y esta es la oportunidad de resignificar sus espacios y convertir este tiempo en rituales de vida. Volvamos con Benavides:

“De la cama subimos
al aroma del tinto
del tinto
por las ramas
al mantel morado”.

No hay placer mayor que aperezarse entre las sábanas soñando despiertos, no hay como sentir cerca el calor de quienes amamos. A los niños les encanta jugar con las sábanas, armar cuevas y los adultos las convertimos en remedos de fantasmas y en juegos que desbordan la imaginación. ¿Quién no ha disfrutado con sus hijos o sus nietos la “guerra” de almohadas? Y cómo no disfrutar la más antigua de las artes: la conversación. Esa oportunidad de salir de nosotros mismos, de poner en común lo que soñamos, lo que nos apesadumbra, lo que nos alegra. Si algo construye los afectos es la conversación. Es encontrarnos en el mundo compartido de las palabras. Decía José Saramago: “Además de la conversación de las mujeres son los sueños los que mantienen al mundo en su órbita”. Agregaría que es la conversación lo que restaura nuestra condición humana y allí aparecen esos otros, primero los de la casa –nuestros hijos, nuestros padres, nuestros hermanos-, luego los de esas casas que son extensión de la nuestra –nuestros tíos, nuestros primos, nuestros cuñados- y luego esas casas en donde estudiamos o donde “trabajamos”, pero donde encontramos esos otros que nos regalan otras visiones de la vida y aprendemos aquello de lo que carecemos en la relación con los otros. Compartir el tinto de la mañana es un ritual que ahora se eleva porque lo degustamos sin afán, lo paladeamos sin prisa.

Quizás el mayor don que nos ha traído la pandemia, fue detener el tiempo de la producción para regalarnos la vivencia feliz de que solo es posible y apacible la vida a su ritmo natural y no al pulso frenético e inhumano de la economía neoliberal: sometidos como estábamos al reloj de la producción, habituados a la premura, nos parecía tan natural estar esclavizados a la prisa. Desde el despertar sobresaltado para comenzar el día, el baño a las volandas y el desayuno apresurado. Era el afán indolente el que gobernaba nuestro tiempo en cada una de las actividades del día. No había cabida a la expresión de la ternura. La conversación familiar, prácticamente había desaparecido y los pocos minutos sobrantes apenas alcanzaban para comunicar lo urgente.

Si algo cambió durante la cuarentena fue efectivamente la vivencia del tiempo: de pronto el día fue todo para nosotros, de pronto el tiempo fue ancho pero no ajeno, y nos sorprendimos recuperando y reencantando los afectos familiares, los juegos infantiles, los rituales domésticos, entretejiendo la conversación espontánea. Ese tejido sonoro donde las palabras abandonan la formalidad del discurso retórico y se muestran gráciles, pícaras, risueñas.

Sorprendidos e incrédulos confirmamos que la vida no se despeinaba, por no trabajar tres jornadas de 8 horas, al día, como lo pregona el evangelio neoliberal. Los videos migrados a las redes sociales desde todos los rincones del planeta develaron un renacer del afecto, el ceñir y estrechar de los lazos familiares, los pasos naturales y apacibles de la vida, que la economía y el trabajo en la sociedad actual nos había arrebatado.

Una conversación sencilla pero cargada de sabiduría he leído en estos días. Una psicóloga italiana, Elena Bernabé, en su página de Facebook, recrea un diálogo entre una abuela y su nieta: - Abuela, ¿cómo puedo vivir esta cuarentena? - Niña mía, la cuarentena es una época especial, misteriosa, sagrada. La cuarentena es sacada del mero referente como aislamiento y temor a la enfermedad y es llevada al terreno de la reflexión y la posibilidad de tomarnos cada cierto tiempo más que un retiro, un retorno hacia nosotros mismos, para reinventarnos. Esta abuela invita a su pequeña a deshacerse de lo que sobra en su interior, la convoca a utilizar la creatividad manual, a sembrar, a cocinar, a hilar y, especialmente, a aprovechar este tiempo para “revolucionar completamente” su vida. Obsérvese que en esa búsqueda hay un hurgar en aquello que nos ha construido como seres humanos. Un redescubrimiento. Lo decía en un artículo anterior, en el simple acto de preparar los alimentos descubrimos que las costumbres gastronómicas están atravesadas por una carga cultural que expresa, en estos hábitos, nuestra visión de vida. Son los videos que más circulan en las redes: niños y jóvenes participando de la ejecución de recetas caseras.

En este aislamiento, los rituales de la casa han vuelto a cobrar valor. El espacio creativo para pintar, para crear manualidades, para hacer origami, para trabajar con plastilina, para rasgar, cortar, pegar y hacer toda clase de figuras. El espacio para hacer representaciones teatrales, el famoso titiritero que se arma con tubos de PVC –o con cartones- y una sábana. El espacio para danzar o para seguir las instrucciones de una gimnasia rítmica. El espacio para las presentaciones artísticas: el que declama, el que canta, el que ejecuta un instrumento musical o, en últimas, el divertido karaoke donde cada cual se explaya en notas altisonantes, que son la delicia para la familia. Son las artes, en su sentido más elemental; las artes que estimulan la imaginación y la creatividad y donde sale a relucir, además del ingenio, lo más sublime de nuestra existencia. En ese sentido va la afirmación de Bachelar: “El arte es entonces un redoblamiento de vida, una especie de emulación en las sorpresas que excitan nuestra conciencia y la impiden adormecerse”.

En los rituales de la casa, o mejor en alguno de sus rincones, toma relieve la lectura. El espacio para compartir un buen cuento, sentado el pequeño al lado o en el regazo del padre o de la madre. O el espacio en el que cada uno toma su libro y se entrega al viaje afortunado de las palabras. Por esta época abundan los portales que ofrecen libros o cuentos en línea, los maestros aprovechan los documentales, los videos y todos los recursos de la red. En lugar de tareas tortuosas se las han ingeniado para que sus estudiantes utilicen estos recursos informáticos y recuperen su historia familiar indagando sobre un personaje de su familia, otros les han propuesto la escritura de un diario, recordándoles la historia de una jovencita alemana, Ana Frank, de ascendencia judía, que en la persecución nazi, oculta por dos años y medio, enfrentó con su escritura la adversidad del encierro.

Y luego viene la hora de las películas, espacio en que la familia intercambia opiniones al terminar de verlas, reflexiona sobre sus libretos, su fotografía, sus efectos, su banda sonora, hacen alusión a su director y a las tendencias que han convertido al cine en el summum de las apuestas culturales. ¡Qué película tan mala, qué lata! ¡Qué cinta tan extraordinaria! El que recomendó la película se gana los honores o la mofa del público, pero volverá necesariamente la conversación, ese ámbito tranquilo de intercambiar opiniones y de darle asidero a la argumentación, el simple ¿por qué? es un detonante de caminos culturales. Así como un libro lleva a otro, una película lleva a otra. No es gratuito que la pandemia nos haya hecho desempolvar las películas del director sueco Ingmar Bergman, como “Fresas salvajes”, y, en especial, “El séptimo sello”, ambas de 1957. Es que el ser humano se recrea en lo que lo inquieta, en saberse efímero y saber que duerme con la muerte y en esa danza creativa, traza el sentido de su vida.

Las muestras de creatividad han sido sorprendentes. La soprano que desde su ventana conmueve a sus vecinos, el ejecutante de jazz que toca saxofón y entusiasma la tarde con su melodía, las serenatas desde los balcones italianos, los conciertos que tantos artistas han regalado por estos días –el más reciente, “Un Mundo: Juntos en Casa”, liderado por Lady Gaga-, todas las iniciativas artísticas muestran nuestra capacidad de sobreponernos a las dificultades y demuestran las bondades de la cultura. Precisamente es esta última uno de los renglones de la sociedad más afectados. Los famosos tendrán los recursos para solventarse, pero muchos agentes culturales están pasando serias dificultades. La aseveración del viceconsejero de Cultura de Canarias, Juan Márquez, que se “considere a la cultura como un bien de primera necesidad”, me pareció genial, pero no se quedó en el deseo, logró que se aprobara un millón de euros para los proyectos culturales que en este momento se estén gestando, en medio del encierro y de la crisis.

Es que la cultura nos salva o nos condena. Por tanto, negar el acceso a la educación es un acto infame y discriminatorio. En una clase virtual con jóvenes de grado décimo, un estudiante pidió la palabra y le devolvió –con orgullo para el profesor- una de las tantas frases que siente agrado al repetir: “Como usted relata profe, que decían los antiguos poetas… las palabras son como aves, como piedras o letales saetas”. Y ¿a qué viene a cuento? Es que el primer ministro inglés, Boris Johnson, por poco es víctima del veneno letal de sus palabras. Él, muy alegremente y guarecido en el castillo amurallado de su opulencia, consintió en que el coronavirus estaba por allí y “la gente debía aceptar que muchos de sus seres queridos iban a morir”, negándose a decretar el cierre de colegios y la realización de grandes eventos públicos. Pocos días después fue internado en cuidados intensivos debido a que la enfermedad lo había alcanzado. Otro estudiante pidió la palabra, profesor lo que acaba de contar Samuel me recordó la trama del cuento de Edgar Allan Poe “La máscara de la muerte roja”. La clase, con esas dos intervenciones, tomó un vuelo inusitado. Todos comenzaron a abrevar en el tema de la muerte y cómo éste ha sido el tema de la gran literatura, citando a poetas, novelistas, pintores y cineastas. La clase marchó sola, el maestro solo daba la palabra e interpelaba para abrir senderos de degustación en el coloquio. El reservorio cultural les permitía a estos jóvenes navegar a sus anchas.

Las relaciones humanas se tejen en el universo de las palabras. Hemos encontrado mujeres deslumbrantes pero que al cruzar palabra, ha caído el velo y ya sin remos nos hemos visto en travesías que se hacen extremadamente largas. No hay de qué hablar, los segundos se tornan interminables. Es que hasta para reír y hacer reír es necesario estar equipado de un buen reservorio cultural. No hay lenguaje más inteligente que el de los implícitos y el de las metáforas. Filósofos, literatos, historiadores, maestros y padres de familia coinciden en que este tiempo de cuarentena nos ha reconciliado con lo mejor de nosotros mismos, con los bienes de la cultura y nos ha invitado a pensar cómo seguir trasegando para alcanzar la orilla, en palabras del escritor colombiano Carlos Satizábal:

Desear pensar colectivamente sobre cómo cruzaremos este nuevo Aqueronte, sobre qué otro nuevo mundo deberíamos soñar y pensar ahora y crear en la otra orilla...”.

Y que en todo caso, este tiempo de navegar en nuestras casas hacia nosotros mismos, hacia otros rumbos y magnificando los regalos de la cultura universal, el sabernos, como diría Montaigne portadores de “la forma entera de la humana condición”, nos haga críticos y contradictores de una visión de mundo que ha hecho aguas y que al tocar, de nuevo, tierra firme, otra vez libres y desatados, lleguemos mejores personas y como dice Ana Zavaro con el deseo de “nutrir aquello que nos hace seres humanos más solidarios, compasivos, comunitarios, soñadores. En definitiva, lo que realmente nos puede salvar ante cualquier situación”.

Entonces, y solo entonces, sabremos si este viaje a la casa de piedra, a la casa del alma, a la estirpe cultural de la que estamos hechos, ha valido la pena.

Bibliografía


Imagen unsplash.com

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Gran Rector Premio Compartir 2016. Rector de la Institución Educativa Francisco de Paula Santander en La Cumbre, Valle del Cauca.
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Laura María Pineda
Gran Maestra Premio Compartir 1999
Dar alas a las palabras para que se desplieguen por la oración y vuelen a través de los textos para que los estudiantes comprendan la libertad del lenguaje.