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Mi autobiografía lectora: una vida en el paraíso de las palabras

El recorrido de una docente de Español que, por medio de libros, poemas, cuentos y anécdotas narra su historia como educadora. 

Julio 31, 2018

Mis recuerdos se remontan a los tres años, quizás, en el que mi ángel guardián me leía con su voz dulce y su acento de costeña de pura cepa lo siguiente:

Mirringa Mirronga, la gata candonga,

va a hacer un convite

y quiere que todos los gatos y gatas

no cenen ratones, ni almuercen con ratas

Cada una de aquellas palabras era una explosión de fantasía en mis oídos; fácilmente imaginaba a los gatos en tremenda fiesta rodeados de manjares, cenando cual humanos y bailando con desenfreno, luego miraba a mi gato “negrito” con su majestuosa cola, su pelaje negro brillante y su corbatín blanco trazado por la magia de la naturaleza, lamiéndose - tal vez preparándose para aquella fiesta.

Fui creciendo entre las faldas de la:

pobre viejecita, sin nadita que comer

sino carnes, frutas, peces y la hojita de laurel

Simón el bobito pescando en un balde, Cenicienta maltratada por sus hermanas y su madrastra, Blanca Nieves rodeada de enanitos, los cerditos y el lobo soplador. Los cuentos eran mezclados con canciones entonadas por mi ángel que disfrutaba de rancheras igual que de boleros o cumbias.

A mis siete años mi ángel guardián partió al cielo, invitada por San Pedro a leer cuentos y poemas a los ángeles infantes a quienes cuentan también les enseñó a entonar cumbias y porros, entonces el destino me envió donde mi abuela paterna, una maestra de carácter fuerte y alma noble, con ella conocí el placer del cine, el encanto del teatro, los conciertos, la paz que trae el sonido de un piano y con ella seguí el viaje que me hizo conocer a los grandes santos cuando eran niños y a las grandes artistas cuando eran niñas, en dos tomos de pasta gruesa, el regalo de mi octavo cumpleaños, cubierto en crespón rosa y un moño de igual color.

Me enamoré de Francisco de Asís y me apasioné por Greta Garbo. Mi abuela dormía pocas horas y no era extraño escucharla tocar el piano a la tres de la mañana con una partitura frente a ella, modificando su última composición.

Había una gran biblioteca de la cual ella sugería libros y “prohibía” otros de manera velada hablando de lo aburridos que eran. Oíamos con mucha frecuencia los poemas de Jorge Robledo Ortiz en discos de acetato y aprendí de memoria varios de ellos, tan extensos como hermosos:

Voy a beberme el mar

ya tengo listo mi velero fantasma

no le he trazado rumbos a mi ausencia

no he fatigado el mapa buscando rumbos

que no bailen al macabro yazban de las borrascas

Y leíamos poemas de Gabriela Mistral, especialmente los dedicados a los niños:

Velloncito de mi carne

que en mis entrañas tejí

no te apartes de mi lado

duérmete apegado a mí

Leía “paquitos” – historietas - del Pato Donald y toda su familia y cuando mi abuela se descuidaba también leía las fotonovelas de Corín Tellado que llevaban las jóvenes que nos colaboraban en aquella casa inmensa, típica de mi natal Barranquilla, ciudad colonizada por extranjeros provenientes de todas partes del mundo.

Las noches tenían un particular ritual: frente al radio mi abuela y yo escuchábamos “Kaliman, el hombre increíble” – un extraño personaje dotado de una gran astucia que le permitía escapar de grandes peligros y situaciones terroríficas al lado de su amigo Solín, un adolescente que lo acompañaba siempre.

Iban a lugares en mundos distantes y mencionaba el Taj Majal, las pirámides de Giza… los jardines de Babilonia, Machupichu y entonces empezaba a preguntarle a mi abuela dónde eran esos sitios y lugares, ella me contaba y cuando no sabía sacaba un tomo de la enciclopedia Larousse, que leía en voz alta encendiendo mi entusiasmo y pensando si algún día podría viajar a aquellos lugares misteriosos y enigmáticos.

A mis 13 años, mi abuela me contrató un profesor particular de matemáticas, un joven de ascendencia italiana quien poco pudo hacer ante mi desamor por esta asignatura, pero quien al regalarme ‘Cien años de soledad’ terminó de encender una llama que jamás se apagaría.

Duraba horas leyendo y tratando de entender aquel Macondo y aquellos personajes sobrenaturales, algunos disparatados, otros extraños y aquellos muertos en un vagón que, años después, supe que correspondía a la realidad de la masacre de las bananeras de la United Fruit Company. Imaginaba las mariposas amarillas que perseguían a Mauricio Babilonia y a Amaranta envuelta en sábanas perdiéndose entre las nubes.

Enamorada del autor, seguí leyendo y releyendo sus cuentos y novelas encontrando en unos relatos personajes que ya había visto en otros. “¡Qué locura!”, pensaba y qué delicia cada palabra, cada frase, cada historia. Tomé de la biblioteca los “prohibidos” y leí a mis 15 ‘Justine’, del Marqués de Sade, y ‘Aura o las violetas’, de Vargas Vila.

En el colegio encontré, en noveno grado, un maestro que era diferente a los otros profes de Español. Con él conocí a Juan Pablo Castel y su obsesión por María Iribarne en ‘El Túnel’.

Las cartas entre María y Efraín en las que en cada letra me hacía cómplice de este frustrado amor y anhelaba conocer el paradisíaco Valle del Cauca colombiano dibujado magistralmente por Jorge Isaac. En el laboratorio del Colombo Americano, al que iba todos los días a mis clases de Inglés, escuché las ‘Narraciones extraordinarias’ en una potente voz masculina que me erizaba tanto como el argumento de aquel ‘Gato Negro’ o de ese ‘Corazón delator’.

Años después volvería a encontrarme con Edgar Allan Poe en la clase de literatura universal de la licenciatura en Español e Inglés cursada en la Universidad del Tolima, mi alma mater y mi actual lugar de trabajo.

Allí disfruté del apasionado y prohibido amor entre Anna Karenina y Bronsky, y lloré con su tragedia. Conocí a Madame Bovary, sus infidelidades y su terrible desenlace. Acompañé al cadalso a Julián Sorel y a Siberia a Raskolnikov.

Derramé lágrimas por la Marquesa de Yolombó y su fortuna perdida, víctima de una burla y de una estafa de quien ella creyó ser amada; sufrí con la muerte de Héctor a manos de Aquiles y me conmovió el dolor de su esposa con su pequeño hijo en brazos. Homero logró estremecerme con aquella Troya en llamas y mantenerme en vilo con cada una de la aventuras del valiente, astuto y embaucador Odiseo.

‘Lolita’, coqueta e insinuante en la impecable prosa de Navokov. Dimitri y Aliosha ‘los hermanos Karamasov’, el rey Salomón, enamorado perdidamente de la sulamita, en aquellos versos recorridos por el símil en ‘El cantar de los cantares’. Y aquel viaje a los macabros sucesos de la inquisición a través de Genoveva Alcocer, inolvidable personaje de ‘La Tejedora de Coronas’ en la que se evidencia la genialidad del colombiano Germán Espinosa.

En otra latitud, en otra cultura, otra novela de corte histórico: ‘Sinuhe el egipcio’, magistral obra del premio nobel Mika Waltary, que nos remonta al Egipto de faraones y trepaciones de cerebro, a la casa de la vida y a la casa de la muerte, al engaño, la traición, la mentira: la naturaleza humana.

Otro premio nobel, ahora del Asia, Yasunari Kawabata, y aquellas chicas abandonadas a su suerte, narcotizadas en ‘La casa de las muñecas’ y aquellos hombres en el ocaso de sus vidas contemplando y aspirando su aroma sin tocarlas. La poesía, horas y horas leyendo y repitiendo versos y volviéndolos a leer en voz alta a todos los que me permitían compartir mis emociones.

Me enamoré locamente de Benedetti, de Neruda, de Jaramillo Agudelo, de Pessoa, de Tagore. Versos exquisitos que deleitaron y siguen deleitando mi alma. Poemas, historias, personajes que con frecuencia afloran en mis pensamientos.

Mi ejercicio como maestra de Español y Literatura: indagación, preparación, búsqueda de los textos adecuados para cada edad: cuentos, mitos, leyendas, crónicas, biografías, autobiografías, cartas de amor y desamor, poemas, trabalenguas…

Más tarde otros estudios, postgrados, otras lecturas: Bajtin, Piaget, Vigotsky, Genette, Freud, Lacan, Freire, Bruner, Nusbaum, Petit, Cirulnik, Makarenko, y otros y otras que me aportaron conocimientos invaluables y que me han ayudado a crecer pedagógica, intelectual y espiritualmente.

La red de lenguaje ‘¡Pido la Palabra!’. En ella me he fortalecido en la pedagogía por proyectos y en el trabajo en equipo. La red hace parte de la Red colombiana para la transformación de la formación docente en lenguaje y esta, a su vez, pertenece a la Red Latinoamericana de Lenguaje.

Con frecuencia las integrantes de la Red asistimos a ponencias a nivel nacional e internacional. He presentado en varios eventos académicos el fruto de mi proyecto ‘En Castilla tejiendo sueños’, premiado el año pasado por la Fundación española SM, como el mejor proyecto a nivel nacional (Colombia) en la promoción de la lectura y la escritura, en el marco del Premio Compartir al Maestro 2017.

Este premio me dio el privilegio y la alegría de estar cursando la Maestría en Promoción de la literatura Infantil y Juvenil con la Universidad Castilla La Mancha, en la que me he extasiado con las obras, los ensayos, las tareas… felicidad total, cuentos, poemas, teorías… La felicidad con nombre de maestría y así continuaré escribiendo mi autobiografía lectora.

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Fabián Moisés Padilla De la Cerda
Gran Maestro Premio Compartir 2016
Logré que el aprendizaje del inglés se convirtiera en una alternativa para la construcción de un proyecto de vida y el mejor aprovechamiento del tiempo libre