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Cuando un maestro se va

La experiencia de despedir a un profesor. Según nuestro autor: No sé cómo explicar ese vacío, esa extraña sensación.

Noviembre 13, 2016

Fueron casi diez años los que trabajé con la Maestra Aminta Rodríguez antes de que se pensionara y cediera su puesto a otro docente; casi una década cruzándonos por los pasillos e intercambiando salones; asistiendo a esas absurdas reuniones de profesores en las que se discuten los mismos temas sin importancia, aunque persistamos en tratarlos como asuntos de Estado; casi diez promociones de bachilleres arrojados al mundo con una serie de saberes que a lo mejor sirvieron para que enfrentaran esos retos de hoy en día, tan despojados de valores y principios; una eternidad para mí en la que vi esa paulatina agudización de la mediocridad en adolescentes, quienes veían en el saber un tedio, y en el Maestro a un payaso. No todos, por supuesto; un porcentaje mínimo de estudiantes asumía las clases con rigor y se acercaron al asombro.

De eso hablamos en numerosas ocasiones con la Maestra Aminta Rodríguez porque a veces coincidían nuestras horas libres, y esos diálogos resultaban más productivos que andar llenando esas absurdas planillas y formatos que han impuesto los sabios en educación como mecanismos que impiden a los profesores dedicar esas horas a la lectura y a la autoformación (imagínense esa otra posible estrategia de control: un docente sustentando avances de un proyecto o una lectura, o su análisis de una película, etc.).

Era una mujer seria en apariencia; sin embargo con el tiempo cedía a la confianza y a la broma; así descubrí su agudo sentido del humor y de la ironía. A veces escuchaba parte de su clase en el salón del al lado (ya saben, esos salones - galpón con ladrillo y teja en los que se escucha lo que pasa enseguida), por tanto recibí parte de sus clases, es decir, puede asegurarse que en cierto sentido llegué a ser su alumno; además porque la enseñanza y el aprendizaje están implícitos en las artes de la conversación.

En muchas ocasiones esos diagnósticos sobre los estudiantes abrían el espacio para hablar de literatura; hablamos del Boom latinoamericano, y sobre todo, del Nobel de Mario Vargas Llosa; entonces la política y la literatura se fundían como pretexto para hablar de lo que pasaba en Colombia. Alguna vez puso a leer a los estudiantes del colegio la novela La fiesta del chivo (2000) y yo aprovechaba esa lectura para hablar de las dictaduras latinoamericanas y del vicio del poder en el caudillo colombiano de turno.

De eso se trataba el juego, de educar desde el poder de la palabra, desde el diálogo; así  entendíamos el concepto de interdisciplinariedad, y más allá de este, el concepto de educación integral.

No sólo enseñó Español y literatura, también enseñó Inglés, y escuchen esto: acercó a esos adolescentes adictos a géneros basura a músicas ajenas procedentes de ultramar, como estrategia didáctica para enseñar el idioma. Muchos estudiantes conocieron a los Beatles por primera vez, o escucharon hablar de Ringo Starr, y quizás algunos de ellos aún resguardan en su memoria canciones rockeras aunque su enciclopedia musical esté plagada de vallenatos, reggeaton y esa música horrorosa machista e insufrible con las que paladeamos ahora nuestras emociones.

La Maestra Aminta Rodríguez conocía su oficio. En alguna oportunidad cuestionó la tesis que se impone según la cual se debe permitir que los estudiantes lean lo que quieran, o que no lean porque la lectura es una manifestación de la felicidad y del deseo. Discípula del rigor y de la responsabilidad, sostenía que solo lo difícil y complejo es realmente estimulante, y que por tanto había unos textos mínimos que debían leerse con valentía porque al hacerlo seríamos conscientes del abismo interior que nos habita. En ese sentido éramos cómplices y secretos auscultadores de un canon monumental que defendía la condición humana: sí señores, los clásicos.

Hablamos de sus viajes a Europa, de su conocimiento del inglés y del francés; del país, de la corrupción, de su esposo y de su hijo. Era demasiado respetuosa y clara en su trato; franca y dura cuando se hacía necesario; eso es algo que saben bien los buenos maestros y los buenos padres: a veces hay que apretarse el cinturón, en ocasiones se debe levantar la voz en un entorno en el que el silencio es cómplice y en el que disputamos la humanidad de nuestros estudiantes a un sistema inhumano que se sirve de la estupidez. Era rigurosa en su enseñanza, puntual y responsable… hasta que un día se pensionó.

Se la despidió en una formación, en una de esas izadas de bandera (que de tantas ya extraviaron su sentido), y más de uno pensó que se iba una Maestra. No estoy seguro de si esos adolescentes y esos niños recuerdan ese día; no sé si sus colegas lo sabían.

Lo cierto es que se iba parte de una época que ayudó a levantar una Institución educativa, a darle prestigio a pesar de muchos de sus alumnos y de esos profesores - empleados que olvidaron el arte, la alquimia de enseñar. Era una de esas Maestras que han posicionado el nombre de la ciudad de Duitama a nivel regional y nacional; parte de esa tradición que ya comienza a pensionarse, a irse y en la que hay más de un gran docente.

Imagino que su pensión le permitió dedicarse a descansar, a leer, a retomar sus proyectos personales; a continuar con su vida fuera de las aulas y de esa monotonía que termina envolviendo esta labor tan ingrata, la mayoría de las veces, en la que los únicos agradecimientos se dan a destiempo o de manera póstuma.

Si tuviera que elegir dos recuerdos sobre la profe Aminta, uno tendría ser el día en el que nos enteramos de que un estudiante de nuestro plantel se había suicidado. Me bajé del colectivo en la avenida; ella ya había cruzado y conversaba con una colega de su área quien lloraba y agitaba los brazos.

Yo las veía de lejos pero sabía que algo había ocurrido porque agitaban sus manos y llegaban ecos de sus voces. Cuando al fin pude cruzar, caminé a algunos metros para  no entrometerme en asuntos que desconocía hasta el momento.

Estudiantes que también iban para el colegio me contaron lo que pasaba, entonces Aminta dijo esa frase que ahora no puedo olvidar y que encierra esa poderosa energía pedagógica “Si uno no puede ayudarlos, al menos debería no empujarlos a que tomen ese tipo de decisiones”, mientras le pedía a Dios esa sabiduría. Aclaro que lo que entendí fue un autoexamen aunque sabíamos que las razones por las cuáles el niño eligió la muerte eran ajenas a nuestra labor.

Hasta el día de hoy no he querido profundizar en las razones por las cuáles un niño toma la decisión de suicidarse, pero esa frase de Aminta me sirvió para trazar límites en mi labor diaria: hay límites que uno no puede cruzar. Si el estudiante definitivamente no quiere estudiar, ni leer, ni comprender el sentido del saber que se le enseña, es su decisión, pero la impotencia no puede llevar al profesor a humillar, o a irrespetar o a ridiculizar a ese estudiante; mejor dicho, uno tiene que reconocer en el otro su derecho a ser mediocre.

El niño sumó mucha presión en esas semanas: su pobreza, su impotencia frente a diversos problemas familiares desvanecieron su compromiso en el colegio y todo eso sumado lo desmoronó.

Nunca hablé con la profe Aminta de ese asunto. Y ese suceso es algo con lo que evito tener que lidiar (al menos por ahora).

El otro recuerdo tiene que ver con mi nominación al premio Compartir. Ella ya se había pensionado y la ciudad reconocía mi trabajo como gestor de proyectos en el Instituto Técnico Santo Tomás de Aquino.

Salía de un almacén de cadena y nos encontramos. Nos saludamos y me felicitó. Lo que me impactó fueron sus palabras, su cariño y su sensibilidad para el abrazo y la cercanía. Y eso es lo que me interesa resaltar: el orgullo que se siente cuando una Maestra como ella lo felicita a uno. Así lo habían hecho Inés Becerra, Gladys Solano, Magnolia Devia, Néstor Espitia, Carlos Ramos, Wilman Jiménez, Jorge Camargo y el Señor Rector, Horacio Pedraza Becerra; Maestros de altura, de otro nivel, quienes reconocían el valor de mi trabajo, y que por sobre todo lograban una comprensión de las implicaciones del arte de enseñar.

Me alegró mucho ese respeto mostrado por la profesora Aminta; me demostraba en sus palabras la depuración del magisterio.

Hay más recuerdos, por supuesto, pero esos dos volvieron en estos días en los que me han comunicado que la Maestra Aminta Rodriguez ha fallecido en un accidente de tránsito.

No sé cómo explicar ese vacío, esa extraña sensación. Algunos de sus estudiantes han logrado comprender con esa noticia el valor que han tenido sus maestros; y nosotros tenemos que lidiar con ese sentimiento sorpresivo.

Era una gran Maestra Aminta Rodríguez. Lo sé por los testimonios de algunas de las alumnas que tuvo, algunas de esas estudiantes cumplidoras y responsables; lo sé porque escuchaba algunas de sus clases en el salón vecino; lo sé por los libros que le recomendaba a sus alumnos; lo sé porque su muerte me ha golpeado y me ha hecho pensar en esa generación de Maestros que nos precedieron, entre los cuáles hay Maestros de Maestros… así que valgan estas humildes palabras como un homenaje para todos ellos. 

Y luego, tener que poner el punto final pensando en eso, en la desolación que se siente cuando un Maestro se va.

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Escrito por
Docente Licenciado en Ciencias Sociales, magíster en Historia y doctorando en Lenguaje y Cultura en la UPTC. Profesor del colegio Quebec y catedrático de la UPTC Duitama
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Jesús Samuel Orozco Tróchez
Gran Maestro Premio Compartir 2005
Senté las bases firmes para construir una nueva escuela rural donde antes solo había tierra árida y conocimientos perdidos.