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La familia y la escuela en cuarentena

A propósito de qué evaluar en la modalidad virtual, según Rubén Darío Cárdenas, Gran Rector del Premio Compartir en Colombia.

Junio 25, 2020

“Ansío, tanto como tú, tener libertad y poder respirar a pleno pulmón, pero ahora creo que, por estas privaciones, estamos ampliamente recompensados… Mientras podamos mirar al cielo sin temor sabremos que conservamos el corazón puro y que, pase lo que pase,
podremos volver a ser felices”.

Ana Frank

 

“Los animales ahora pasaron de estar enjaulados a estar libres y nosotros de estar libres a enjaulados, debería la gente reflexionar y pensar...”.
Luisa Vidal Gómez
Estudiante de grado quinto

Los estudiantes en calendario A terminan uno de sus períodos y se van a vacaciones, los de calendario B cierran año escolar, los profesores de ambos calendarios se hacen las mismas preguntas: ¿qué evaluaremos en nuestros estudiantes? ¿Cómo lo haremos? Son interrogantes que, en su resolución, traslucen la visión de las instituciones sobre su quehacer pedagógico. Aparecen entonces dos visiones opuestas. Quienes siguen pensando el sistema educativo con relación a cuantificación de notas, de resultados numéricos, de acumulación de contenidos, de ganar o perder el año y quienes asumen la educación como escuela para enaltecer la vida. En el primer enfoque prima la competencia y se vislumbra una escuela que asume un modelo de “enseñanza por contenidos”; en el segundo, se fortalece el trabajo colaborativo y se enfatiza en la capacidad emocional para asumir como oportunidad de crecimiento personal las dificultades que ha traído consigo esta contingencia. 

No es fácil romper ciertos esquemas, por ello no es extraño que muchos maestros se dejaran seducir por llenar de guías y trabajos a sus estudiantes, bajo la lupa inclemente de la nota castigadora, en una escuela tradicional que se niega a desaparecer frente a la escuela reflexiva. Los imagino en sus sesiones de clase virtual. Escasamente saludarán y estarán prestos a descontar milésimas de la nota definitiva porque el estudiante “no se conectó”, “se conectó tarde” o “aún no ha podido entregar su trabajo”. Su prurito es no perder tiempo. No hay un ¿cómo están?, ni un ¿cómo les ha ido en estos días? Su clase inicia más o menos así: “¡Bueno ya! Silencien sus micrófonos. Ya está bueno, a lo que vinimos ¡a enseñar!”, “¿profesor, se dio cuenta lo que pasó en Estados Unidos, el caso de George Floyd?”. Ya empezaste Santiago, no nos desviemos del tema, por favor, que la hora se va muy rápido. “Pero profe, es que ha sido gravísimo… lo que…”. El profesor como “anfitrión” ha decidido silenciar al inquieto estudiante y poner los puntos sobre las íes: “Ya dije, el tiempo es oro y necesitamos terminar el tema iniciado”.

Una escuela que no se inquieta por lo que pasa en la vida de sus estudiantes, que toma distancia de lo que ocurre en el mundo, es una escuela que no los prepara para la vida. ¿Qué escuelas se adaptaron más rápidamente a las exigencias educativas del encierro obligado? La respuesta es obvia: aquellas que leyeron el momento histórico y que entendieron que era una oportunidad para revitalizar el papel de las familias en el proceso educativo, especialmente por su importancia en la cimentación de hábitos y en la interiorización de principios éticos. Fueron las escuelas que se la jugaron por hacer de las casas verdaderos laboratorios de cocina, de arte, de actividades recreativas, de veladas en las que la narración de anécdotas, de historias, de cuentos volvía a tomar el hilo de nuestras vidas, alrededor de la mesa, sentados en el patio, tirados en la alfombra, en cualquier espacio, donde la palabra cobraba vigor en la voz de las generaciones de entrada y de salida, los niños y los abuelos, los unos reclamando atención y los otros sintiéndose, de nuevo, escuchados, visibilizados por su experiencia y su sabiduría.

Estas instituciones se pusieron a tono con el verdadero papel de la escuela y de la familia: recuperar los usos culturales y convertirlos en equipaje de actitudes para enfrentar las problemáticas de la convivencia. En un reciente panel, relacionado con los retos de la pandemia, Julián De Zubiría sintetizaba las tres competencias básicas que deben inspirar cualquier modelo educativo, en cualquiera de los ciclos: pensar, comunicar y convivir. A título seguido De Zubiría expresaba, palabras más, palabras menos, que todas las áreas del currículo tienen sentido si se relacionan con dichas competencias. Pero hay que recordar que en el ser humano el sentido emerge de las relaciones que él construye en las diferentes situaciones de su vida, de allí la importancia del contexto en el que vive. Por eso, para Santiago las preguntas que tienen sentido son del tipo: “¿profesor, se dio cuenta de lo de George Floyd?” “¿Por qué acá no pasó lo mismo con lo de Anderson Arboleda?”. Estas preguntas ya develan problemas sociales y de convivencia, permiten revisar cómo se han comunicado los hechos y como podrían comunicarse, y ayudan a pensar preguntas desde las distintas asignaturas: ¿Qué puede decirse desde las Ciencias sociales, la ética, la moral, la historia, la geografía, la política? ¿Cómo se podrían calcular las pérdidas económicas y las posibles reparaciones de las víctimas? ¿Qué se ha dicho en las noticias y cual ha sido el papel del arte en esos hechos?

En este momento, estas escuelas vanguardistas no se están desgañitando por qué nota ponerles a los estudiantes. Su preocupación es que los estudiantes hayan sacado el mejor provecho en esta época de encierro obligado. Sus evaluaciones estarán curtidas por todo lo que se ha ganado en esta posibilidad de compartir en familia, de atenuar la celeridad de los tiempos pretéritos, por la forma como cada uno siente que se ha transformado: el antes y el después de la pandemia, el antes y el después en hábitos de vida saludable, en hábitos lectores, en habilidades para acometer procesos de investigación, en el uso de herramientas tecnológicas, para ponerlos al servicio de los proyectos de aula: en la búsqueda de información, para compartir experiencias fotográficas, seguir la secuencia de trabajos artísticos, hacer exposiciones, confrontar percepciones en los trabajos de pequeños grupos y para realizar filmaciones.

Son evaluaciones que no se quedan en el registro numérico y, si llegaran a tenerlo, es sólo porque están acompañadas de un descriptor que da cuenta del estado del proceso que ha realizado el estudiante. Y no son para perder pues estas escuelas vanguardistas abren su lente para tener una visión del proceso y no de los meros resultados. Aparece entonces un repertorio de opciones donde lo que realmente cuenta es lo emocional: ¿se ha logrado despertar y mantener el interés de los estudiantes? ¿Tienen claro los estudiantes la pertinencia de las distintas propuestas y su relación con su entorno y con sus vidas? ¿Reconocen sus falencias y toman acciones para subsanarlas? ¿Se han sentido escuchados y acompañados por su grupo familiar? ¿Las propuestas les han suscitado reflexiones sobre lo que ocurre en su ciudad, en su país y en el mundo?

Pero concretemos, ¿cómo evaluaremos? Evaluaremos todo aquello que los estudiantes hayan hecho como parte de las propuestas pedagógicas o de los proyectos de aula, muchos de estos tuvieron cambios afortunados por los atenuantes del encierro y por los intercambios de opiniones, entre estudiantes y maestros, respecto a los caminos que debían tomarse. Lo realmente interesante es que las experiencias exitosas son aquellas que prontamente se “salieron de la caja”, no se dejaron apretujar por el “cumplimiento de programas” y acudieron a los nuevos interrogantes que suponía esta etapa inusual y a las nuevas posibilidades que les abría la educación virtual.

Los estrechos límites que imponían los currículos ya prediseñados en las escuelas tradicionales fueron desbordados por el Covid-19 y la cuarentena. El problema actual los descontextualizó, sugirió que miraran el contexto para rediseñarse y señaló de manera clara que más allá de los contenidos, la idea era no perder el horizonte formativo: ¿qué aprenderemos?, ¿qué haremos con lo que aprendimos?, ¿para qué nos servirá? Por esto los llamados “productos finales” estaban acompañados de rúbricas que debían dar cuenta del proceso surtido para llegar a ellos. Se acaba la visión del examen que califica y descalifica y se pondera la prueba escrita como confrontación de lo que debe reforzarse o mejorarse para completar el proceso de aprendizaje. En esto juega un papel importante el trabajo colaborativo: los estudiantes comparten sus producciones o sus pruebas escritas y en ese intercambio retroalimentan sus conocimientos. Pero, insisto, la prueba escrita es uno de tantos caminos, no el único para evaluar.

Nombremos algunos ejemplos de ese universo diverso que debe constituir lo evaluable. El estudiante que hace un registro fotográfico o una filmación de la realización de una receta de cocina. La estudiante que reproduce en un film, en el que es protagonista y algunos miembros de su familia son personajes, una escena de una película de Chaplin. El estudiante que graba su participación en una presentación musical con sus compañeros de clase. Los pequeños que entonan canciones mientras realizan su trabajo en plastilina o con otros materiales. Los niños y jóvenes que presentan un informe de lectura de los libros que leyeron en sus casas. Los estudiantes de grado octavo que hacen una reseña de una película, de una obra de teatro, de una exposición de arte o de un libro. Los estudiantes de grado quinto o de grado noveno que escribieron páginas de un diario personal o de monólogos. Los estudiantes de cuarto de primaria que se dedicaron a investigar sobre un personaje de la familia y hacen un video. Los estudiantes de grado séptimo que investigaron sobre un personaje del mundo y presentaron sus hallazgos en un video. Los estudiantes de grado décimo y grado once que son invitados a tertulias sobre problemáticas surgidas en la pandemia en las que son ponentes o participan en los debates. Los estudiantes de cualquier grado que escriben reflexiones, a manera de balance, sobre lo que ha significado para ellos este período de enclaustramiento: lo mejor, lo peor, lo que quisieran conservar de esta etapa, lo que desecharían del pasado, las problemáticas que más les preocupan, lo que sienten y lo que avizoran en sus sueños.

No es sólo la escuela la que está siendo cuestionada en esta cuarentena, los grupos familiares han debido autoevaluar sus dinámicas y sus apuestas formativas. Los hijos replican lo que ven y lo que escuchan en sus casas, decíamos una y otra vez, ahora este acompañamiento –o su ausencia- es más notorio. Lo vemos en sus actitudes y su grado de compromiso con las propuestas de los docentes. De allí el diálogo necesario con los niños y los padres de familia, esto ha cobrado la mayor importancia. Esta comunicación fluida revela nuestro verdadero interés por darle continuidad a los procesos de aprendizaje, por fortalecer en los hogares la capacidad de resiliencia, de adaptarse a los cambios y de darle relieve a esos principios éticos que velan por la integridad del ser. En muchos grupos familiares han aflorado situaciones de intolerancia, de irrespeto y de maltrato verbal o físico, que afectan a los niños y jóvenes. Las charlas de los docentes con sus estudiantes, su tacto, les permiten intuir que algo no anda bien y es donde deben hacer presencia los equipos interdisciplinarios de las instituciones educativas.

La preocupación no es perder o ganar el año, la preocupación debe ser evaluar si esta experiencia ha servido para transformar a todos los miembros de nuestra comunidad educativa en mejores personas. Las situaciones extremas –una guerra, una epidemia, una catástrofe- sacan lo mejor y lo peor de los seres humanos. El sistema educativo debe jugársela por la reflexión frente a lo que ocurre en el mundo, debe ponderar nuestra capacidad para reinventarnos y debe redimensionar el equipaje ético que salvaguarda la vida en sociedad y la vida del planeta. Más que la evaluación, como ha sido tradicionalmente entendida y practicada, lo realmente clave es la autoevaluación, es decir la mirada que el mismo estudiante asume del proceso que ha vivido en su crecimiento personal. Esto es coherente con la educación pensada en términos de construcción de sujeto, –por lo tanto- de autonomía. Es el niño, es el joven que se hacen cargo de sí mismos, toman el mapa y se aventuran en la apropiación de su realidad y de los procesos de aprendizaje que en ese viaje se han propiciado. 

Para finalizar, cuento la experiencia de dos docentes y la mía en clave de autoevaluación y del aprendizaje que ha dejado este momento de mi vida. En la presentación que hizo a sus estudiantes de una de sus propuestas de escritura, un profesor no solo trajo a colación la historia de vida de Ana Frank, por la similitud con la situación de encierro que han vivido los niños y por haber hallado un refugio creativo en la escritura:

Escribir lo arregla todo, aleja las preocupaciones y levanta el ánimo. Doy gracias a Dios, porque me ha dado este medio para desarrollar mi espíritu y expresar lo que hay dentro de mí. Escribiendo puedo expresarlo todo, mis pensamientos, mis ideas y fantasías”.

Este profesor les compartió páginas de su diario personal para que entendieran que en sus líneas cabía todo el espectro cultural que le da sentido a la existencia: tomar las citas de un libro que se está leyendo, comentar sobre una película, manifestar su punto de vista sobre una noticia, hablar sobre las vivencias del día a día o dejar registro de aquello que rompe la monotonía. Otro maestro aprovechó la lectura compartida de los mitos griegos para resignificar la figura del héroe y les lanzó una pregunta que debían resolver para una próxima clase, trayendo historias de vida y de sus vidas, y armándose con suficiente información y argumentación: ¿En la época actual quiénes son tus héroes? El maestro me compartió que fueron dos semanas de disfrute en las que los estudiantes se peleaban el turno para presentar a sus héroes.

En muchas de estas presentaciones aparecían los verdaderos héroes de esta etapa: los médicos y, claro, aparecían otros héroes no menos importantes: los padres de familia y no faltaron quienes mencionaron a los domiciliarios, a los habitantes de la calle y a los migrantes. Por mi parte, comparto con Juan M. Núñez, experto en innovación educativa, que los maestros también son héroes, que se la jugaron para no perder el vínculo educativo y sacaron su mejor repertorio para darle continuidad a los procesos formativos:

No salen de casa, no usan mascarillas, no tienen especial contacto con el virus y no se les aplaude por las tardes, pero son también parte de la primera línea de batalla en esta guerra que estamos librando entre todos”.

Los maestros que dan la palabra, que muestran preocupación por sus estudiantes, que abren espacio para conversar sobre lo que nos pasa, sobre lo que ocurre en distintos lugares del mundo, maestros que han hecho de sus clases espacios para la reflexión y el pensamiento crítico, maestros que no amedrentan con la evaluación, ni convierten el hacer de los estudiantes en una nota, maestros, en fin, que no pierden de su vista el papel que tienen en la sociedad: hacer trascender el alto sentido de lo humano.

Bibliografía:

 


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Gran Rector Premio Compartir 2016. Rector de la Institución Educativa Francisco de Paula Santander en La Cumbre, Valle del Cauca.
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Fabián Moisés Padilla De la Cerda
Gran Maestro Premio Compartir 2016
Logré que el aprendizaje del inglés se convirtiera en una alternativa para la construcción de un proyecto de vida y el mejor aprovechamiento del tiempo libre