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La letra con sangre no entra

Anteriormente, los métodos de castigo físico en el aula eran comúnmente usados por los docentes. Hoy, ellos cuentan con otras armas más “´psicológicas” en el aula.

Octubre 2, 2015

En tiempos de antaño, la educación tenía castigos físicos severos  para premiar las conductas inapropiadas y los comportamientos considerados como desobedientes, indisciplinados y rebeldes. Reglazos, ejercicios físicos y hasta golpes, eran algunos de los ejemplos que vivieron quizás nuestros padres o abuelos, en una generación que creció temerosa con respecto a la autoridad de los profesores.

Hoy en día, el caos de los salones de clase hace que muchos docentes sientan que no tienen el poder sobre sus estudiantes y que no saben cómo llegar a lograr su respeto. Y aunque está más que claro que aquellos castigos eran inhumanos, injustos y desproporcionados, muchos afirman en contraparte formaron una generación respetuosa de las reglas y de la autoridad docente.

Por eso, los docentes hoy en día se enfrentan al desafío de sentar un precedente de autoridad sin sobrepasar los límites. Una circunstancia única que los pone en una encrucijada compleja pero lograble. En el caso de los más pequeños (e inclusive de aquellos más grandes) uno de los métodos que más podría llegar a funcionar es el de la “consecuencia educativa”.

Hoy en día, el caos de los salones de clase hace que muchos docentes sientan que no tienen el poder sobre sus estudiantes y que no saben cómo llegar a lograr su respeto.

Muchas veces, cuando se plantea en el aula o en casa cierto comportamiento como “obligatorio”, se genera cierta resistencia de parte de los niños. Al mismo tiempo, los niños y jóvenes tienen su propia forma de ver la vida y se sienten poco valorados cuando su punto de vista es invalidado por sus mayores. Por eso, conviene un poco cambiar de perspectiva y pensar en mecanismos distintos para que sea el estudiante quien tome la decisión de cambiar su actitud desde su propia comprensión, y no solo porque alguien se lo dice. Este cambio además, será genuino y no superficial, porque viene de parte de un ser consciente de la importancia y consecuencia de sus actitudes.

Algunos ejemplos de consecuencias educativas para los padres en casa, pueden ser los siguientes:

“- Si el niño no ha hecho los deberes por la tarde a la hora correspondiente: levantar al niño a las 6 de la mañana para que los haga.

- Si no ha querido ducharse: a la mañana siguiente no tendrá ropa limpia para ir al colegio.

- Si no se ha vestido a tiempo para salir al colegio: valora si puedes llevarle en pijama (compra uno que parezca un chandal).

- Si no viene a cenar después de llamarle muchas veces: se retira la cena y se congela. Se le puede dar un yogur, nada más”[1].

Aunque estos ejemplos son aplicables al hogar, si se piensa desde la práctica docente para niños más pequeños tiene mucho más sentido. Es un aprendizaje que el niño obtendrá desde su propia reflexión, con un poco de ayuda de los adultos que le rodean.  También existen otros ejemplos aplicables al aula citados en este enlace, en los que claramente se evidencia una tendencia de parte del docente de empoderamiento del estudiante y de poner en marcha una reflexión de parte de él de su conducta, ya que a pesar de su corta edad, los niños aprenden muy rápido y pueden llegar a ser conscientes de las consecuencias de sus actitudes con el entorno.

Por último, es importante tener en cuenta que este “estilo de enseñanza”, requiere que los docentes se mantengan firmes y que sean coherentes con sus métodos. Un cambio constante de reglas y de actitudes del líder del aula, genera confusión y baja percepción de liderazgo entre sus estudiantes. Sin castigo físico, sin sangre y sin gritos, es factible que los más pequeños aprendan en el aula, junto con el apoyo de su hogar, el respeto por el liderazgo del docente.

 

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Comunicadora social y periodista
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Sandra Cecilia Suárez García
Gran Maestra Premio Compartir 2013
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