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¿Todo lo que hacemos es porque en el colegio nos han programado para que lo hagamos?

Parte fundamental de la formación de una persona está en el ser, pero nos hemos preocupado más por el hacer.

Agosto 12, 2015

La educación, desde la concepción general de las personas, consiste en un requisito para “ser alguien en la vida”, asegurar un buen puesto de trabajo y salir de la pobreza. Una serie de intenciones, si se quiere, que nos llevan a un mismo punto cuando se plantean las preguntas ¿por qué y para qué estudiar?, una respuesta, sin duda, puede ser porque apunta directamente al interés de tener solvencia y estabilidad económica.

De ninguna manera diré que esto está mal, pues sería un mentira en un intento por parecer “moralista” el asegurar que no se estudia para mejorar la condición económica, sin embargo, lo que sí pienso es que no puede ser el único factor que inculcamos a los niños y jóvenes cuando empiezan su camino escolar, no podemos atar la educación y la necesidad de formarse a una condición laboral. Y es que, ¿quién dijo que nos educamos para trabajar?, de dónde surge esa imposición de que debemos pasarnos nuestra primera parte de la vida en un aula de clase, única y exclusivamente para pasar la otra parte en una oficina.

Es claro que nadie nos lo ha dicho de esa manera. Sin embargo, culturalmente es lo que nos guía en los pasos de la educación, estudiar para conseguir un trabajo, para devengar, para hacer. Particularmente en ese punto me detengo y hago énfasis, y es que estamos olvidando la importancia de formar niños, jóvenes, estudiantes, profesionales y ante todo personas para ser, más allá del hacer.

Pareciera que los colegios estuvieran orientados a programar una conducta generalizada en los estudiantes para que sea replicada en la vida adulta, una que además es evaluada a partir de estándares internacionales que comparan cuán acorde estamos o no a la medida de lo que “debemos saber” como si se tratará de un sello de “calidad”, una marca registrada que valida un producto para su salida al mercado.

Con esto no quiero decir que la evaluación sea mala, mucho menos que pruebas como PISA, PERCE, SERCE y TERCE, entre otras, sean un mecanismo equívoco, de hecho, en la medida en que estas permiten aplicar lo aprendido en posibles escenarios de la vida, es allí cuando se valida el aprendizaje y deja de ser un montón de datos memorizados para convertirse en herramientas para ser y no solo hacer.

Sin embargo, estas pruebas están fundamentalmente orientadas a evaluar elementos comunes de los currículos escolares de la región (matemática, lectura, escritura, ciencias naturales) y a partir de allí ranquear y clasificar a cada uno de los países respecto a sus resultados y la medida base que tiene la organización que promueve su implementación, OCDE y UNESCO para el caso de las pruebas antes mencionadas.

Pero la finalidad de la evaluación no debe ser el resultado, la comparación y la validación, es necesario empezar a pensar en comparaciones no odiosas, no de esas que miden sólo el puesto en la clasificación general y cuánto sube o baja un país en el mismo respecto a una o varias áreas de conocimiento. Es necesario que se implementen verdaderas estrategias de comparación, herramientas que permitan medir y mejorar, las grandes empresas lo hacen bajo estrategias de benchmarking con el fin de evaluar sus debilidades y oportunidades de cara al mercado y así trabajar en ellas para volverlas fortalezas, entonces, por qué no pensarlo de una manera similar en la educación, que la premisa sea evaluar y comparar para mejorar, no para clasificar.

Quizá en la medida que empecemos repensar la idea de lo que queremos ser de una manera tan prioritaria como lo que queremos tener, es posible que transmitamos un mejor mensaje de lo que es la educación y el porqué debemos prepararnos, ya que si como personas queremos pensar que en la educación hay una oportunidad para ser más competitivos en el mercado laboral, ¿no sería lógico, entonces, que en una escala más grande referida al desarrollo del país y su crecimiento económico se diera prioridad a la generación de un mejor sistema educativo y a la calidad del mismo?.

Esa es una discusión que ya ha dado mucho de qué hablar y seguirá haciéndolo, pero mientras se define qué es una educación de calidad, cuál es el prototipo de docente "bien preparado" y cómo debe funcionar un “buen” sistema educativo, entre otras cosas, sería bueno revisar si estamos interesados en formar más trabajadores a partir de un arquetipo para que el sistema se mantenga y que haya fuerza laboral o si además de eso, lo que queremos es generar más personas propositivas, que trabajen, si, pero que también piensen, actúen y entiendan qué es lo que pasa más allá de la pantalla del televisor o los dispositivos móviles.

La formación académica debe ser pensada más allá de un requisito para el trabajo, debe comprender también una visión sobre cómo nos hace mejores personas, más cuando se pertenece a una sociedad en la que de cultura cívica hay poco. Si la educación fuera un puente para lograr aquello que queremos ser, aquello que queremos lograr, quizá podamos alcanzar unos mejores resultados, y entonces, quizá de la misma manera podríamos hablar de lo que queremos ser como país, y no solo de aquello que queremos tener.

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Comunicador social y periodista con especialización en Gerencia de Mercadeo.
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María Del Rosario Cubides Reyes
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