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¡Urgente… se busca la actitud para transformar la escuela!

¿Y si pasamos del lugar común donde se habla de educación de calidad de forma vacía a una transformación de la escuela desde nuestra actitud?

Enero 27, 2020

Lo que vas hacer hoy, ¿lo tienes que hacer o lo quieres hacer? Es muy difícil cuando lo tengo que hacer y muy sencillo cuando lo quiero hacer. -Annie Gottlier.

 

Por estos días, un tema recurrente es la calidad de la educación, y podría decirse que la sociedad y el estado están pensando en cómo mejorarla. Para ello, se proponen planes, acciones y programas sobre los cuales se desarrollan ruedas de prensa, se destinan millones de pesos para ejecutar, se firman convenios con universidades, se hacen estimativos, se alcanzan negociaciones con los actores del sistema y hasta hemos reunido una gran comisión de sabios; sin embargo, notamos que nada de lo que se hace parece sacarnos del fondo en el que nos encontramos. No obstante, vivimos alardeando todos los días que «estamos bien y mejorando», como dijera un amigo que al salir de una charla positiva descubre que su moto ha sido robada.

Las pruebas PISA 2018 dan cuenta que Colombia disminuyó sus resultados en lectura y ciencia, y apenas subió 1 punto en matemáticas, ubicándonos muy por debajo de la media de países que participaron en la prueba. Las pruebas ICFES muestran descenso en los últimos tres años. Pasamos de un promedio de 49.30 en 2017 a 47.58 en 2019; sin embargo, las noticias muestran que estamos mejorando, especialmente porque colegios con un promedio de 52 están en nivel A (antes Alto) y por lo tanto creemos que el camino va por en la dirección correcta. ¿Qué diría usted si su hijo le llega con valoraciones de 4,7/10?

De la misma manera, las pruebas SABER 3.5.9 dan cuenta de la disminución en los resultados en los años 2012 al 2015; aunque en 2016 exista un ligera mejora (un poco de la mano de la creación de un incentivo a los docentes si mejoraban los resultados). En 2017 repetimos la tendencia a obtener resultados bajos, lo que nos deja con temor de que lo sucedido en el 2016 sea un “falso positivo” en la escuela.

Y mientas lo anterior ocurría, se fueron presentando cosas inquietantes: el MEN negoció con FECODE incrementos salariales, primas o bonificaciones, las cuales a la postre beneficiaron al maestro, pero perjudicaron el sistema educativa. Esto produjo un descenso en los recursos de gratuidad en cerca de un 27% para cubrir los gastos inflexibles como los ocasionados por el crecimiento de la nómina.

Se pactó la reducción de la Jornada única de dos horas a una sola, convirtiéndola prácticamente en una jornada extendida; se acordó la disminución de atención real de los orientadores escolares, cuando más se necesita de ellos; por otro lado, un programa tan importante como Todos a Aprender termina convertido en una bolsa de empleo y limita su labor a muy pocos días del mes para el acompañamiento en sitio. En otras palabras, se incrementa la inversión (que ojalá no sea gasto), incluso llegamos a invertir un poco más del PIB del que asignan los países con mejores resultado en PISA.

Se supone que logramos concertar un Plan decenal de educación, la Misión Internacional de Sabios 2019 entregó al gobierno sus recomendaciones y orientaciones para mejorar el horizonte y el futuro del país, el PTA tiene una amplia presencia en diferentes instituciones del país, el Plan Nacional de Desarrollo propone una educación con equidad, el sector privado desarrolla propuestas para impulsar el fortalecimiento del sistema educativo y reconocer la labor de docentes y directivos (Fundación Compartir, Telefónica, Samsung, Terpel, entre otras), importantes investigadores y pedagogos descubren a través de sus estudios cuáles son las fallas y proponen estrategias de solución, en años anteriores se titularon muchos docentes con subsidios del MEN (lo que supone un mejoramiento de la práctica docente  y no solo de sus salarios), las universidades dicen que están revisando sus currículos y estrategias de formación de docentes y algunas son constantes asesoras del MEN para ejecutar proyectos que entreguen recomendaciones, guías u orientaciones.

Hay una discusión sobre la existencia de una brecha grande entre el sector rural y urbano, por lo tanto se planteó la necesidad de volver la mirada económica a ese sector del país. Lo grave de ese planteamiento es que no se propone recursos adicionales, sino que se juega con la misma bolsa, lo que podría terminar en focalizar todo el esfuerzo sobre un sector en detrimento del otro. Lo que desconoce, por ejemplo, que existen otras desigualdades, como el hacinamiento en instituciones urbanas de grupos de hasta 45 a 50 estudiantes, para sostener el gasto que significa una escuela rural con 5 estudiantes y un docente.

Lo urbano de alguna manera subsidia a lo rural. Ello no significa que no deba darse importancia y recursos a la ruralidad, solamente que no puede ser en deterioro de las condiciones de lo urbano. Es un poco como lo sucedido con la gratuidad que fue disminuida para poder entregar lo que se negoció con los maestros. En general, podría decirse que hay un gran movimiento en torno a la educación.

Pero si eso es así, ¿por qué no logramos levantar la bandera de la calidad?, ¿por qué nuestros estudiantes no logran desarrollar las competencias necesarias para enfrentarse con total éxito a la educación superior o al mundo laboral o familiar?, ¿por qué aumenta la reprobación, la repitencia, la deserción?

La respuesta está en una sola palabra: la actitud. Necesitamos una actitud   hacia la excelencia, una actitud favorable al aprendizaje, una actitud hacia el éxito personal y profesional, pero ¿quién la debe tener?

Lo primero es que el gobierno debe definir una política pública educativa, algo que todavía no tenemos (eso no significa que no haya muy buenos programas y proyectos). Poseemos unos principios, pero falta la política, que el país sepa para donde debe ir, a qué le apostamos como sociedad (y no puede ser al romántico discurso que le apuntamos a ser buenos ciudadanos, pues esto será una consecuencia).

Necesitamos una actitud estatal hacia la consolidación de un proyecto educativo nacional, que no se quede en recomendaciones, sino que sea directriz. Para ello se debe revisar cuál es el currículo nacional que vamos a desarrollar, y que le permita a cada particularidad darle forma; por ejemplo, si se decide con certeza que todos caminamos hacia la innovación, ese deberá ser la indicación general, y el enfoque diferencial lo hará cada comunidad; pero todos tendríamos que desarrollar el espíritu innovador.

La ley 115 de 1994 dio autonomía  a las instituciones; pero, ¿qué hemos hecho con ella? EL MEN debe sentarse a hablar con los directivos docentes, sus aliados, y para ello hay organizaciones no gremiales a las que poco se les presta atención por no ser sindicales; pero que podrían ser un gran soporte para desarrollar un verdadera política educativa. Una de esas organizaciones es la Asociación Nacional de Directivos Docentes (ASODIC) que está lista para realizar convenios o asociaciones con el ministerio para impulsar verdaderos cambios en la prestación del servicio.

Los segundos que deben construir y proyectar una actitud de transformación son los directivos docentes. La escuela necesita líderes transformadores, no jefes con poderes autocráticos, necesita líderes que encuentren en los problemas muchas oportunidades, que no se detengan solamente porque falta algo, que tengan presente que la misión de la escuela es pedagógica y por lo tanto deben tener en su cabeza las prácticas de aula, la metodología, el enfoque, la forma de evaluar y los principios institucionales.

El directivo docente debe ser un compañero del maestro en el aula, un orientador de procesos y conocedor del tema pedagógico a fondo, debe ser un ejemplo y una guía, ser sensible a los problemas de sus compañeros de trabajo, debe arriesgarse y tomar decisiones que parecerían en contravía; debe encontrarse con los estudiantes, con los padres de familia, no debe quejarse y su actitud siempre debe ser de victoria, de éxito, de esperanza, de prospectiva, de creatividad, ingenio e innovación.

El maestro debe cambiar su actitud. La escuela no necesita trabajadores de la educación. Ese fue una desafortunada decisión del sindicato que ya no se llama federación de educadores sino de los trabajadores de la educación.

Necesitamos maestros inquietos, novedosos, sensibles, afectuosos, maestros que no estén buscando excusas o razones para justificar el bajo rendimiento de los estudiantes, sino que saquen de su corazón −como si fuera un mago− cada uno de los trucos pedagógicos que conozca, y si no los conoce, que los averigüe.

Necesitamos docentes que estén siempre dispuestos al cambio, que encuentren en lo sencillo una oportunidad pedagógica, que hagan del error una herramienta del aula, que se hagan niños o jóvenes con los estudiantes. ¿Cómo puede esperar un maestro que sus estudiantes estén motivados si él mismo no se motiva?

Durante este año que termina (2019), he tenido la oportunidad de conocer a grandes maestros galardonados con premios nacionales e internacionales o que han sido nominados o finalistas gracias a sus prácticas pedagógicas, a sus ideas innovadoras; maestros en el marco del Premio Compartir, del Global Teacher Prize, entre otros.

En todos ellos he encontrado un par de similitudes: 1) que no son personas de otro mundo, sino maestros comunes y corrientes; pero maestros −y hago énfasis en esto porque allí está la diferencia− y 2) que las experiencias que estos maestros visibilizan no son −tampoco− del otro mundo, sino que comenzaron haciendo de lo pequeño un gran proyecto, o sacando del corazón de los niños su creatividad, o haciendo de un problema de la comunidad un excusa para desarrollar su plan de estudios y de paso hacer labor social.

He visto grandes maestros y maestras que se arriesgaron a hacer la diferencia y que han sido etiquetados como “sapos” o “vendidos”; pero que encuentran en los logros alcanzados toda la respuesta y el reconocimiento.

Lo que han logrado estos maestros bien podría lograrlo cualquier otro. ¿Se imaginan 350.000 ideas como esas desarrolladas en las aulas de clase? Con seguridad lograríamos una cobertura universal, porque todos querían estar en la escuela, de la mano de la persona que admiran y aman: su maestro.

Y claro que debe cambiar de actitud del padre de familia, especialmente desde el día de la concepción hasta los 6 años del niño. El padre de familia debe mostrar una actitud ganadora que le de valor al aprendizaje, que no vea al colegio como un requisito, que no sobreproteja, que esté pendiente, que apoye el trabajo del maestro.

En muchas, pero muchas ocasiones, el padre de familia es el gran enemigo de la formación de su hijo, cuando lo justifica por no hacer las tareas, o  incluso miente para justificar sus faltas. Necesitamos padres de familia coequiperos, que retomen la autoridad en la casa, que fijen normas concertadas, pero no negociables

Estoy seguro que si todos los anteriores cambiamos de actitud, habrá una consecuencia ineludible: el estudiante cambiará de actitud. El gran problema es que vivimos diciendo que el estudiantes no tiene actitud, siempre buscamos la culpa en el otro. Resulta que nosotros tenemos la misión de hacer que se enamore del estudio, que quiera estar en el colegio o la escuela, que se anime a la excelencia, que no descuide sus obligaciones, que sea un ciudadano ejemplar y respetuoso.

La gran tarea es entonces hacer las cosas no porque tengamos que hacerlas, sino porque las queremos hacer. Necesitamos diseñar una estrategia de incentivos positivos que levante nuestra actitud, necesitamos una escuela de la actitud, una universidad formando maestros en teorías pedagógicas y en desarrollo de sus competencias socioemocionales, necesitamos un currículo de formación docente en el que sea requisito para graduarse el haber pasado por una escuela de práctica y dejar enamorados a los niños con proyectos de investigación, de innovación, de aula, o de lo que sea; pero que el niño sienta que esa persona que está al frente es un superhéroe porque logra hacer volar su imaginación y desarrollar todo su potencial. Si cada uno desarrollamos una idea, pronto tendremos más de 350.000 ideas revoloteando en las aulas, señalando el camino de la calidad educativa.

Es posible que en la escuela falte todo, que los recursos sean exiguos; pero lo que no puede ser posible es que no haya una actitud proclive a todo el proceso pedagógico de formar, de aprender, de crecer y sentar la bases del proyecto de vida personal familiar y social.

¡Urgente! Se necesita encontrar en todos la actitud, una partícula universal que por momentos parece; sin embargo, afortunadamente existen algunos muy buenos ejemplos de que esto sí es posible y que transformar la escuela está en un 90% en las manos del maestro.

Imagen Anita Jankovic on Unsplash

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Laura María Pineda
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